Sócrates

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Sócrates






Por Agapito Maestre y Javier Campos
LD


 Ni siquiera Nietzsche consiguió repudiar por completo a Sócrates. Es el santo laico de toda la historia de la filosofía. Sería, pues, una impostura comenzar una serie de semblanzas de filósofos saltándose a Sócrates. He aquí nuestro modesto tributo al más grande inventor de eso que todavía llamamos filosofía. 

Sócrates sigue siendo el primero de todos los filósofos. Si tuviéramos que sintetizar la figura de Sócrates para aquí y ahora, citaríamos las palabras de nuestro amigo Ciriaco Morón Arroyo, gran humanista español, cuando nos dijo: "Yo sólo escribo libros para aprender". He ahí la gran verdad socrática. Los libros filosóficos surgen antes del saber de la ignorancia que de un deseo pedagógico. La verdadera educación es siempre, como decía Jaspers, educación de sí mismo. Este es el verdadero camino de la felicidad.

Hay un pasaje en la obra de Jenofonte Recuerdos de Sócrates que narra de modo sencillo lo único que cuenta para Sócrates:

Antífonte, así como otros hombres se complacen con tener un buen caballo, un perro, o un pájaro, yo me complazco en tener buenos amigos. Y si poseo algo bueno, se lo enseño, y les presento a otros que les serán útiles con respecto a la virtud. Y junto con mis amigos recorro los tesoros que sabios de antaño dejaron escritos en sus libros, y los leemos. Si vemos algo bueno, lo escogemos y lo juzgamos de gran provecho, si podemos demostrar que es útil.

Jenofonte concluye:

Cuando oí estas palabras sostuve que Sócrates era en verdad feliz.

La filosofía de Sócrates es sencilla y es posible en cualquier época y en cualquier lugar. No tiene otra aspiración que la amistad, la bondad, el provecho y el placer.

La cuestión de Sócrates

La figura de Sócrates se presenta a la historia del pensamiento con los rasgos de un enigma. La historiografía filosófica ha hecho de Sócrates un eje para marcar uno de los momentos decisivos de cambio en el pensamiento antiguo. Sócrates es un punto y aparte, entre otros motivos, porque nadie ha conseguido explicar definitivamente su condición paradójica. El problema socrático se plantea en primer lugar por el carácter marcadamente indirecto de nuestro acceso a sus enseñanzas e ideas. Sócrates, como otros sabios de la Antigüedad, no escribió nada, y esto no por accidente, sino probablemente por una profunda desconfianza acerca de las posibilidades de la escritura en la educación. La suya es una enseñanza oral, en la que la palabra no se deja arrancar de su medio comunicativo. No podemos, pues, remitirnos a ni reconstruir obras ni textos en los que se hubiera reflejado algo así como una doctrina. Tampoco disponemos de información histórica abundante que nos permita reconstruir una personalidad histórica.

Nuestro conocimiento de las enseñanzas socráticas se atiene a la información que suministran fuentes en su gran mayoría divididas por su simpatía o antipatía a Sócrates. En estas fuentes se puede reconocer no sólo la intención de transmitir una enseñanza, sino, sobre todo, la inclinación a construir una imagen del maestro. De modo que existen tantas imágenes de Sócrates como discípulos (y por supuesto enemigos) tuvo. Las llamadas escuelas socráticas (platónicos, megáricos, cirenaicos, estoicos y cínicos) revelan en efecto un variedad enorme de aprovechamientos de las ideas atribuidas a Sócrates, y durante mucho tiempo la conexión con el maestro valió como criterio de legitimidad. Estamos, pues, en una situación muy semejante a la que se enfrenta la indagación sobre la figura de Jesús, donde, de nuevo, junto a los testimonios de sus partidarios (divididos y enfrentados muy pronto) y detractores, sólo disponemos de una escasísima información propiamente histórica. Paradójicamente, los personajes que cambian la historia no son capaces de atraer la atención del historiador.

Ante esta situación, los investigadores han diseñado multitud de estrategias para la reconstrucción de la figura y la enseñanza socrática, que pasan por una valoración de fiabilidad de las fuentes más directas de que disponemos, que son esencialmente: a) los escritos socráticos de Jenofonte (Económico, Apología, Banquete y Memorias socráticas); b) los diálogos de Platón en los que Sócrates aparece como interlocutor, sobre todo aquellos que se conocen como diálogos socráticos; c) Aristóteles; d) las comedias en las que aparece citado o en escena como personaje, especialmente Las nubes de Aristófanes (representada en el 423 a. C.). Hay, además, una biografía de Sócrates incluida en las Vidas de los filósofos de Diógenes Laercio (s. II d. C.), que recoge un abundantísimo material biográfico y doxográfico hoy perdido.

Vida y misión de Sócrates

De acuerdo con las fuentes, de la vida de Sócrates (nacido hacia el 469 a. C. y muerto en el 399 a. C.) conocemos sus orígenes en el medio artesanal (su padre era cantero o escultor y su madre partera) y sus intervenciones públicas, en las que aparece como un ciudadano ejemplar en cuanto al desempeño de las tareas que le son propias: las militares, donde destacó por su fortaleza y heroísmo, y las más propiamente políticas. A propósito de éstas conocemos dos intervenciones memorables: una como miembro del Consejo, en la que se opone terminantemente a la presentación en la Asamblea de una moción ilegal, y más tarde cuando rechaza la complicidad en los crímenes políticos que las facciones oligárquicas se proponían emprender para debilitar a los partidarios de la democracia radical. En ambos casos se vislumbra la figura del rebelde, de aquel que plantea una reserva fundada en un principio. El hecho de que en el primer caso se opusiera a un gobierno democrático y de que en el segundo su negativa se hiciera valer contra una facción oligárquica insinúa un motivo de independencia individual que domina la imagen de Sócrates a lo largo de la historia, y que ha encontrado su más fiel exponente en la recepción liberal de Sócrates desde A. Smith, y más allá, desde el Humanismo renacentista.

Fuera de estos momentos históricos, los únicos que merecieron ser mencionados en la historiografía política, la vida de Sócrates transcurre voluntariamente en los márgenes de la política, pero en una activa vida pública, dedicada a una tarea de educación (paideia) por la que trata de mejorar a los conciudadanos forzándolos a la inspección y el cuidado de sí mismos. Esta tarea es asumida con un celo para el que tenemos que recurrir a la analogía del militante o el apóstol, con la importante salvedad del diferente alcance de las respectivas misiones. Para Sócrates (aunque no para las escuelas que a él se remiten) está restringida al espacio de la ciudad y la ciudadanía. A la reserva o distancia permanentemente manifestada frente a la política, donde está el momento definidor de la identidad ciudadana, se contrapone una fidelidad obsesiva por los espacios públicos (el gimnasio, las calles, la plaza). En ellos opera una transformación del individuo, cuyo alcance es a la vez ético y político.

Un elemento que singulariza a Sócrates en la historia del pensamiento, y cuya dimensión política se deja ver en seguida, es lo que, abusando de nuevo de la analogía, podríamos llamar su carisma. Si la filosofía antigua nunca descuidó noticias acerca de la semblanza y el aspecto de los filósofos, en el caso de Sócrates este capítulo alcanza un protagonismo inusitado y paradójico. La fealdad de Sócrates es proverbial: nariz ancha y chata, ojos prominentes y saltones, labios gruesos y carnosos, y una tripa considerable. La comparación habitual es con un sátiro o sileno. Pero es una fealdad fascinante cuando se concreta en la mirada: llama la atención por sus ojos muy abiertos, que miran fijamente, de una forma característicamente oblicua, con la cabeza baja y de reojo. Presumía de que, gracias a sus ojos saltones, era capaz de ver de lado más que los demás.

El atractivo que ejerce sobre los presentes no se entiende si no se experimenta. El mejor testimonio es el de uno de sus discípulos, Alcibiades:

(...) mientras la mayoría de nosotros presta escasa o ninguna atención a los discursos de cualquier otro orador, por muy bueno que sea, un discurso tuyo –o simplemente un informe totalmente indiferente hecho por otro de lo que has dicho– nos conmueve en lo más profundo y ejerce una fascinación sobre nosotros, mujeres, hombres y niños por igual. (...) Siempre que lo escucho mi corazón late más deprisa que si estuviera en un arrebato religioso, y las lágrimas resbalan por mi rostro, y observo que mucha gente ha tenido la misma experiencia. No solía en cambio sucederme nada de esto cuando escuchaba a Pericles ni a otros buenos oradores; si bien reconozco que hablaban bien, mi alma no se alborotaba ni se irritaba consternada al considerar que mi vida no era mejor que la de un esclavo.

(Platón, Banquete 215c-d).

No pocas veces se describe este atractivo como un sortilegio o un encantamiento que es capaz de verter Sócrates sobre su interlocutor, pero lo más sorprendente es la capacidad de transmitir ese atractivo no sólo directamente, sino incluso por mediación, a través de la relación de sus hechos. Alcibíades da aquí en la clave del éxito de Sócrates, a pesar de no haber escrito nada: su atractivo se mantiene incluso en la mediación textual de las obras que le hacen figurar como protagonista. Pero lo más importante es que este atractivo se interpreta como una relación pedagógica sorprendente, de la que el propio Sócrates no se hace del todo responsable:

Te voy a decir algo, Sócrates, algo absolutamente increíble, por cierto. Yo nunca aprendía ni una sola cosa de ti, como tú mismo sabes; pero siempre que estaba contigo, yo progresaba, incluso cuando estaba en la misma casa, aunque no en la misma habitación; y me parecía que el efecto era mucho mayor si, estando en la misma habitación, yo fijaba los ojos en ti mientras hablabas, en lugar de mirar a otra parte. Pero el mayor progreso, con todo, lo hice cuando en realidad me sentaba a tu lado y podía tocarte.

(Platón, Teages 130 a).

La marginalidad de Sócrates en el medio ateniense no viene dada sólo por su evitación de la vida política en beneficio de esa misma vida pública, sino por el hecho de remitir sus movimientos e iniciativas a una motivación religiosa. Esto añade otra paradoja a la personalidad de Sócrates, que pasa por ser el prototipo de la razón en la cultura occidental. La clave parece estar en la transformación de estas instancias sobrenaturales en constituyentes básicos de una vida moral gobernada por la razón.

La determinación divina tiene una doble dimensión, personal y objetiva. En primer lugar, la actividad de Sócrates en ese medio público está guiada por una instancia religiosa, a la que se suele designar como daimonion o, simplemente, "la señal acostumbrada":

Yo experimento a veces junto a mi algo ciertamente divino o demónico [de hecho, Meleto lo incluye caricaturizado en la acusación]. Comenzó a estar conmigo desde niño y me ha acompañado desde entonces. Toma forma de voz y siempre que la oigo me disuade de algo que iba a hacer, pero nunca me obliga a actuar. Esto ha sido lo que me ha impedido tomar parte en política.

(Platón Apología, 31c-d).

Destacaremos dos rasgos de esta sorprendente instancia sobrenatural que Sócrates percibe en compañía inextricable: su constancia y su carácter preponderantemente disuasorio. Por un lado, nunca se separa de él desde niño y se manifiesta en las ocasiones más triviales e inesperadas de la vida; por otro, parece imponer el principio de que es lícito lo que no está expresamente prohibido. El resultado es una nueva dimensión de autonomía individual en el comportamiento humano.

En segundo lugar, la determinación religiosa de la vida de Sócrates deriva de uno de los lugares más reconocidos en el mundo griego. El oráculo de Apolo en Delfos había declarado a Querefonte, un ferviente seguidor de Sócrates, que nadie había más sabio que Sócrates. Lo que hay que destacar, de nuevo, es cómo este motivo religioso sirve para modelar una forma de vida en radical autonomía. Esa respuesta no es tomada directamente, como un mensaje claramente descifrable, sino en la forma en la que el dios habla, oblicuamente: la respuesta del oráculo es un enigma que pide interpretación y desciframiento. Sócrates emprende una búsqueda que le empeña en la incansable y a veces desesperante interrogación a los atenienses de toda condición para descubrir si había alguien más sabio que él, actividad en la que persevera aún después de haber descubierto su auténtico alcance y a la que llama "servicio al dios".

De la indagación surge la incómoda verdad de que la mayoría, si no la totalidad, de los pretendidos sabios dejan ver tras una conversación inquisitiva una gran ignorancia de lo esencial, y esta ignorancia es especialmente escandalosa cuando toca a las figuras del saber y el poder, poetas y políticos. Ciertamente, artesanos y trabajadores manuales pueden al menos dar cuenta de lo que atañe a su propio oficio, pero todos por igual están sumidos en la misma ignorancia en lo que toca a un punto: desconocen los límites de su propio saber y, por consiguiente, el alcance de su ignorancia. Esto da la clave a Sócrates de su propia sabiduría: frente a todos los sabios reconocidos, él sabe una cosa decisiva, su propia ignorancia. A partir de este momento, incluso cuando ha comprendido el sentido del oráculo y de la sabiduría peculiar que éste le otorga, Sócrates sigue dedicado a la misión de clarificar y poner en orden la consideración de lo bueno y lo malo en la conducta humana, para lo cual se requiere decidir acerca de qué es la bondad, la justicia y las virtudes que determinan nuestra valoración positiva de los actos humanos. En este empeño, Sócrates muestra unos modos propios de realizar su indagación ética que le distinguen, un método.

El acontecimiento que realmente da la medida de esta peculiar forma de rebeldía civil es el de su juicio y ejecución en el año 399 a. C. Esto es así por una circunstancia literaria: por el hecho de habernos sido transmitido dramáticamente, por medio de la recreación imaginaria del acontecimiento en los discursos de defensa y acusación a cargo de sus defensores y enemigos. El juicio de Sócrates adquiere condición intemporal cuando su memoria es renovada en el medio del diálogo.

Y, a pesar de que todas las indagaciones socráticas son siempre problemáticas y provisionales, hay tres enseñanzas que, según Guthrie, son verdaderas tesis: 1) La virtud es conocimiento. 2) Saber es igual a virtud, o sea, nadie hace el mal a sabiendas. 3) Hay que cuidar del alma propia.

De la ironía y la política ya hablaremos en otra ocasión.

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