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« : Jueves 06 de Enero de 2011, 23:00 » |
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La voz de la nación
Por Carmen PulÃn Ferrer-LD
Hace unos dÃas, en el cine, poco antes de que comenzara la proyección de la excelente pelÃcula El discurso del Rey, escuché una conversación entre dos respetables señoras que estaban sentadas detrás de mÃ. Una preguntaba quién era el rey del tÃtulo, a lo que la otra respondió que creÃa que Enrique IV, hijo de "no sé quién". Iluminada, la primera dama repuso: "Ah, sÃ, el de 'Mi reino por un caballo'". "Pero eso fue más tarde, en la guerra", puntualizó su docta interlocutora.
Jorge VI es uno de los soberanos británicos menos conocidos en España. Tampoco es que sus antecesores sean escandalosamente populares, pero, gracias sobre todo al cine y la televisión, Enrique VIII, la reina Victoria, Isabel I o Ricardo Corazón de León nos resultan algo más familiares, por muy distorsionados que sean a veces los retratos que de ellos se hacen. Jorge VI, padre de la actual soberana, Isabel II, es prácticamente un desconocido entre nosotros, apenas un personaje secundario en filmes sobre la Segunda Guerra Mundial o sobre su infinitamente más famoso hermano, el duque de Windsor. Pues bien, igual la cinta de Tom Hooper contribuye a que cambien algo las cosas. Voy a tratar de aportar mi granito de arena.
Alberto Federico Arturo Jorge, segundo de los cinco hijos de Jorge V y MarÃa, nació el 14 de diciembre de 1895 en York Cottage, en la finca real de Sandringham. Se le bautizó con el nombre de Alberto en honor a su bisabuelo, Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, esposo de la reina Victoria, la cual al parecer no acogió con especial alegrÃa el nacimiento de nuestro hombre: y es que el pobre tuvo la mala fortuna –la primera de muchas– de nacer el dÃa del aniversario del fallecimiento del idolatrado PrÃncipe Consorte. Para complacerla, el padre de la criatura propuso que llevara el nombre del difunto; no es que la soberana anciana no cupiera en sà de alegrÃa, pero el detalle sirvió para animarla un poco y que le tuviera menos tirria al chico.
Alberto (Bertie para la familia) fue siempre el patito feo. Pronto manifestó problemas fÃsicos y de salud: estaba desnutrido, tenÃa las piernas zambas, tics nerviosos y problemas digestivos. Además, padecÃa una extrema timidez y un tartamudeo que le acompañó, en mayor o menor grado, el resto de su vida. A ver quién se sorprende: a Bertie, vivir a la sombra de dos personalidades tan fuertes y distintas de la suya no hacÃa sino volverle más y más inseguro, torpe y enfermizo. Su hermano Eduardo (o David, como le llamaban los Ãntimos) tenÃa todo de lo que a él, al parecer, le faltaba: encanto, atractivo, confianza en sà mismo, habilidad en los deportes, popularidad... Pese a que, sin duda, querÃa a su hermano, a veces se burlaba de él de forma cruel. En realidad, era lo que hoy llamarÃamos un pijazo con bastante mala sombra. Su padre, que seguÃa el simpático criterio pedagógico de inspirar en sus hijos el mismo temor reverencial que le inspirara en tiempos el suyo (Eduardo VII), ayudaba poco, con sus maneras bruscas y su poca paciencia, a que ganara confianza. Además, sus vástagos tenÃan que seguir sus pasos fielmente: asà que todos cazaban, todos coleccionaban sellos y todos debÃan hacer carrera en la Marina.
En 1909, con trece años, Alberto ingresó como cadete en la Escuela Naval de Osborne, donde su hermano llevaba ya dos años. Al año siguiente su padre subió al trono y se convirtió en Jorge V, con lo que él pasó a ser el segundo en la lÃnea de sucesión, tras Eduardo. Osborne, un antiguo palacio que la reina Victoria habÃa hecho construir en la isla de Wight como residencia estival, no entusiasmó al pobre Bertie: era un estudiante mediocre, y en los exámenes acabó el último de su promoción. En la Escuela Naval de Dartmouth tampoco destacó. Finalmente, ingresó en la Armada... y no le fue mejor: padecÃa frecuentes gastritis... ¡y se mareaba al navegar! Ahora bien, cuando le tocó ponerse a prueba, nada menos que en la Batalla de Jutlandia, la mayor batalla naval de la Primera Guerra Mundial, no hizo mal papel. Poco después, y dado que se agravaron sus problemas de salud, fue transferido a la Fuerza Aérea, donde sirvió en puestos de despacho, lejos del frente.
En 1917 tuvo lugar un acontecimiento clave para toda la familia y para el mismo Imperio Británico: el rey Jorge decidió cambiar el nombre de la dinastÃa: Sajonia-Coburgo-Gotha, tan germánico y poco adecuado en plena guerra, por el eminentemente británico de Windsor. Además, aquél renunció, para sà y para toda la Casa ("la Empresa", la llamaba él), a todos los tÃtulos, rangos, distinciones y honores alemanes. Estos cambios agradaron a la población, que aborrecÃa todo lo que le recordara en lo más mÃnimo a los odiados hunos. Como muestra de lo alterados que andaban los ánimos por Gran Bretaña, señalaremos que numerosos dueños de perros salchicha fueron agredidos, ante la sospecha de que simpatizaban con el enemigo.
El papel de la Familia Real durante la contienda fue, en general, ejemplar. La conducta de sus padres sirvió de guÃa a Bertie, ya convertido en Jorge VI, durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero volvamos a la Primera. Una vez finalizada, nuestro hombre ingresó en el Trinity College de Cambridge, donde se dedicó, fundamentalmente, a hacer el gamberrete y pasarlo bien. En 1920 su padre le otorgó el tÃtulo de Duque de York.
En 1923 tomó la que posiblemente fue la mejor decisión de su vida: casarse con lady Isabel Bowes-Lyon, hija de un conde escocés. Isabel fue para él representante, secretaria, relaciones públicas, consejera, amiga, compañera fiel... Le ayudó a superar muchos de sus problemas, como el del tartamudeo y el miedo a hablar en público; a tal fin, le animó a visitar a diversos especialistas: fue Lionel Logue, un excéntrico terapeuta australiano, quien dio por fin con el enfoque, el tratamiento correcto. Pese a las inevitables licencias dramáticas, la relación entre Logue y Jorge VI está muy bien tratada en la pelÃcula de Hooper; excelente pelÃcula, por si no lo he dicho antes.
Alberto, Isabel y sus dos hijas (Isabel y Margarita) formaban la perfecta familia británica. Muy queridos por la población, su modélica (y aburrida) vida doméstica contrastaba enormemente con la que llevaba el prÃncipe de Gales: aficionado a las fiestas, el lujo, el juego y, sobre todo, a las mujeres casadas, su conducta era motivo de gran preocupación para su padre. Al final de sus dÃas, Jorge V anhelaba que fuera su segundo hijo quien, pese a sus deficiencias, heredara la corona. Llegó a desear que Eduardo nunca se casara ni tuviera hijos, para que asà nada se interpusiera entre Bertie, su querida y mimada nieta Isabel y el trono. La relación de Eduardo con una divorciada estadounidense de dudosa reputación, Wallis Warfield Simpson, le inquietaba especialmente; su hijo era el prÃncipe de Gales más popular de la historia, y aun asà parecÃa decidido a echarlo todo por la borda por "esa mujer", como la llamaba siempre la duquesa de York. Poco antes de su muerte, el Rey vaticinó: "Cuando yo muera, el chico no aguantará ni doce meses".
Por no aguantar, no aguantó ni once. Jorge V falleció en Sandringham el 20 de enero de 1936, y Eduardo VIII, decidido a casarse con la Sra. Simpson, abdicó el 11 de diciembre de ese mismo año, sin haber llegado siquiera a ser coronado.
Con enorme pavor, Alberto se vio haciendo frente a lo que siempre habÃa temido: el trono. La reina Isabel y su suegra, la reina MarÃa, estaban espantadas: el Rey de Inglaterra habÃa abandonado su deber por una mujer. La población se sentÃa abandonada y defraudada. ¿EstarÃa Alberto a la altura de las circunstancias? No lo parecÃa, en absoluto. La imagen de la Corona se hundió hasta cotas abisales.
El nuevo soberano eligió el nombre de Jorge VI en honor a su padre, para ofrecer una imagen de continuidad dinástica y restaurar la confianza en la monarquÃa. Fue coronado en Westminster el 12 de mayo del 36, fecha prevista para la coronación de su hermano. El escritor Evelyn Waugh auguró que aquél serÃa uno de los reinados más desastrosos de la historia de la nación, y los funestos acontecimientos que se sucedieron parecÃan darle la razón: los ignominiosos Acuerdos de Múnich, la Segunda Guerra Mundial, el dominio soviético sobre media Europa, la dura posguerra, la pérdida de la India, el fin del Imperio... Demasiado para un rey bienintencionado, tÃmido, inseguro, ingenuo, lleno de idealismo y partidario del apaciguamiento.
Es sorprendente lo mucho que, pese a todo, tenÃa en común con su padre: ambos eran segundones que, en principio, no tenÃan que haber llegado al trono; sirvieron en la Armada; vivieron sendas guerras mundiales; se casaron con mujeres de fuerte personalidad que fueron decisivas para reforzar la imagen de la monarquÃa en los tiempos difÃciles que les tocó vivir; fueron admirados por su pueblo por su sentido del deber y eran demasiado idealistas y proclives a polÃticas de consenso que evitaran los conflictos. Pero a veces los conflictos son inevitables, como predijo Churchill, si bien pocos quisieron escucharle.
La opinión pública y el propio Jorge VI apoyaron la polÃtica de conciliación del Gobierno Chamberlain. Cuando éste regresó de Múnich, tras la firma de los indecentes acuerdos, el Rey le invitó a saludar a la multitud que se habÃa congregado en Buckingham. Aquello era no sólo insólito (nunca antes un plebeyo habÃa sido invitado a aparecer allÃ, en el real balcón, junto a los monarcas), sino inconstitucional: el Rey no podÃa mostrar jamás favoritismo polÃtico alguno, y con ese gesto indicaba inequÃvocamente que apoyaba la firma de los Acuerdos. Independientemente de que éstos fueran la solución acertada o no (que no lo eran), habÃan sido cuestionados por la oposición, y ni siquiera se habÃan presentado aún ante el Parlamento.
Por suerte, durante la guerra Jorge VI no tuvo como premier a Chamberlain, sino a Churchill, con el que forjó una extraordinaria alianza. En un principio, el Rey no estaba muy conforme con que éste fuera el elegido para formar gobierno, pues era de los pocos que habÃan apoyado a Eduardo VIII durante la crisis de la abdicación; pero ambos eran demasiado responsables y profesionales como para permitir que aquello afectara a la nación, especialmente en esas terribles circunstancias. Al final, el monarca acabó entusiasmado con su jefe de Gobierno, al que siempre agradeció su labor durante la guerra. Resulta curioso que dos personalidades tan distintas acabaran entendiéndose tan bien. Tal vez la clave estuviera en que el Rey, en todo momento, fue consciente de su papel secundario. No hubo celos, intrigas ni camarillas, sino una relación sincera y un esfuerzo común por conducir el paÃs a la victoria.
Jorge VI dio lo mejor de sà mismo durante la guerra. Demostró poseer no sólo el sentido del deber caracterÃstico de la Casa de Windsor (corramos un tupido velo sobre las ilustres excepciones, o no acabarÃamos jamás), sino un valor y una dedicación extraordinarios, que le hacÃan sobreponerse a su timidez, a su inseguridad e incluso a su tartamudez. Junto con su mujer, se negó a abandonar Londres durante el Blitz (no cambió de opinión ni siquiera cuando dos bombas cayeron en pleno Buckingham), insistió en tener una cartilla de racionamiento como sus súbditos y visitó refugios subterráneos, hospitales e infinidad de zonas devastadas por los bombardeos. Su labor para levantar la moral de la población contribuyó decisivamente a la victoria final.
El pueblo querÃa a los Reyes, sentÃa que comprendÃan y compartÃan su sufrimiento; por eso el 8 de mayo de 1945, el DÃa de la Victoria, una multitud se congregó espontáneamente ante el palacio de Buckingham para celebrar el fin de la pesadilla. Junto a ellos se hallaba, como en 1938, un primer ministro, pero esta vez con todo merecimiento: Jorge VI quiso compartir aquel momento con el hombre que lo habÃa hecho posible, Winston Churchill.
Tras la guerra se sucedieron los disgustos para el monarca. Churchill fue derrotado en las elecciones por los laboristas, que adoptaron una serie de medidas que para nada eran del agrado de Su Majestad: nacionalizaciones, impuestos, la independencia de la India... Jorge VI no se mostró, en sus últimos años, muy optimista respecto al futuro de la monarquÃa; creÃa que incluso él, con toda su popularidad, podÃa perder el trono en un plazo relativamente breve de tiempo.
Su salud, ya de por sà débil, se deterioró rápidamente tras el esfuerzo de los últimos años. En 1949 hubo de ser intervenido en una pierna debido a la arterioesclerosis, y en 1951 le extirparon el pulmón izquierdo: padecÃa cáncer, para el que no habÃa recibido el tratamiento adecuado (su médico personal era homeópata). Tras una breve recuperación, Jorge VI falleció en Sandringham, mientras dormÃa, el 6 de febrero de 1952, de una trombosis coronaria. Fue enterrado en la capilla de San Jorge del castillo de Windsor.
Jorge VI no fue, desde luego, el monarca más brillante ni el más popular de la historia del Reino Unido. Cometió errores, y tenÃa numerosos defectos: era inculto, le gustaba el humor grueso, tenÃa una memoria extraordinaria para recordar los fallos ajenos, era proclive a los estallidos de ira. Sin embargo, también era un hombre recto, sincero, capaz de poner el interés nacional por encima del suyo propio. En una escena de El discurso del Rey, Alberto pregunta para qué sirve un monarca, dónde reside su poder: "En que la nación cree que cuando hablo, hablo por ella", se responde a sà mismo. Sin duda, y pese a las dificultades, supo ser la voz de su pueblo.
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