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Autor Tema: Jorge VI, el tartamudo.  (Leído 3137 veces)
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« : Viernes 07 de Enero de 2011, 04:00 »

La voz de la nación


Por Carmen Pulín Ferrer-LD





 Hace unos d√≠as, en el cine, poco antes de que comenzara la proyecci√≥n de la excelente pel√≠cula El discurso del Rey, escuch√© una conversaci√≥n entre dos respetables se√Īoras que estaban sentadas detr√°s de m√≠. Una preguntaba qui√©n era el rey del t√≠tulo, a lo que la otra respondi√≥ que cre√≠a que Enrique IV, hijo de "no s√© qui√©n". Iluminada, la primera dama repuso: "Ah, s√≠, el de 'Mi reino por un caballo'". "Pero eso fue m√°s tarde, en la guerra", puntualiz√≥ su docta interlocutora. 

Jorge VI es uno de los soberanos brit√°nicos menos conocidos en Espa√Īa. Tampoco es que sus antecesores sean escandalosamente populares, pero, gracias sobre todo al cine y la televisi√≥n, Enrique VIII, la reina Victoria, Isabel I o Ricardo Coraz√≥n de Le√≥n nos resultan algo m√°s familiares, por muy distorsionados que sean a veces los retratos que de ellos se hacen. Jorge VI, padre de la actual soberana, Isabel II, es pr√°cticamente un desconocido entre nosotros, apenas un personaje secundario en filmes sobre la Segunda Guerra Mundial o sobre su infinitamente m√°s famoso hermano, el duque de Windsor. Pues bien, igual la cinta de Tom Hooper contribuye a que cambien algo las cosas. Voy a tratar de aportar mi granito de arena.

Alberto Federico Arturo Jorge, segundo de los cinco hijos de Jorge V y Mar√≠a, naci√≥ el 14 de diciembre de 1895 en York Cottage, en la finca real de Sandringham. Se le bautiz√≥ con el nombre de Alberto en honor a su bisabuelo, Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, esposo de la reina Victoria, la cual al parecer no acogi√≥ con especial alegr√≠a el nacimiento de nuestro hombre: y es que el pobre tuvo la mala fortuna ‚Äďla primera de muchas‚Äď de nacer el d√≠a del aniversario del fallecimiento del idolatrado Pr√≠ncipe Consorte. Para complacerla, el padre de la criatura propuso que llevara el nombre del difunto; no es que la soberana anciana no cupiera en s√≠ de alegr√≠a, pero el detalle sirvi√≥ para animarla un poco y que le tuviera menos tirria al chico.

Alberto (Bertie para la familia) fue siempre el patito feo. Pronto manifest√≥ problemas f√≠sicos y de salud: estaba desnutrido, ten√≠a las piernas zambas, tics nerviosos y problemas digestivos. Adem√°s, padec√≠a una extrema timidez y un tartamudeo que le acompa√Ī√≥, en mayor o menor grado, el resto de su vida. A ver qui√©n se sorprende: a Bertie, vivir a la sombra de dos personalidades tan fuertes y distintas de la suya no hac√≠a sino volverle m√°s y m√°s inseguro, torpe y enfermizo. Su hermano Eduardo (o David, como le llamaban los √≠ntimos) ten√≠a todo de lo que a √©l, al parecer, le faltaba: encanto, atractivo, confianza en s√≠ mismo, habilidad en los deportes, popularidad... Pese a que, sin duda, quer√≠a a su hermano, a veces se burlaba de √©l de forma cruel. En realidad, era lo que hoy llamar√≠amos un pijazo con bastante mala sombra. Su padre, que segu√≠a el simp√°tico criterio pedag√≥gico de inspirar en sus hijos el mismo temor reverencial que le inspirara en tiempos el suyo (Eduardo VII), ayudaba poco, con sus maneras bruscas y su poca paciencia, a que ganara confianza. Adem√°s, sus v√°stagos ten√≠an que seguir sus pasos fielmente: as√≠ que todos cazaban, todos coleccionaban sellos y todos deb√≠an hacer carrera en la Marina.

En 1909, con trece a√Īos, Alberto ingres√≥ como cadete en la Escuela Naval de Osborne, donde su hermano llevaba ya dos a√Īos. Al a√Īo siguiente su padre subi√≥ al trono y se convirti√≥ en Jorge V, con lo que √©l pas√≥ a ser el segundo en la l√≠nea de sucesi√≥n, tras Eduardo. Osborne, un antiguo palacio que la reina Victoria hab√≠a hecho construir en la isla de Wight como residencia estival, no entusiasm√≥ al pobre Bertie: era un estudiante mediocre, y en los ex√°menes acab√≥ el √ļltimo de su promoci√≥n. En la Escuela Naval de Dartmouth tampoco destac√≥. Finalmente, ingres√≥ en la Armada... y no le fue mejor: padec√≠a frecuentes gastritis... ¬°y se mareaba al navegar! Ahora bien, cuando le toc√≥ ponerse a prueba, nada menos que en la Batalla de Jutlandia, la mayor batalla naval de la Primera Guerra Mundial, no hizo mal papel. Poco despu√©s, y dado que se agravaron sus problemas de salud, fue transferido a la Fuerza A√©rea, donde sirvi√≥ en puestos de despacho, lejos del frente.

En 1917 tuvo lugar un acontecimiento clave para toda la familia y para el mismo Imperio Brit√°nico: el rey Jorge decidi√≥ cambiar el nombre de la dinast√≠a: Sajonia-Coburgo-Gotha, tan germ√°nico y poco adecuado en plena guerra, por el eminentemente brit√°nico de Windsor. Adem√°s, aqu√©l renunci√≥, para s√≠ y para toda la Casa ("la Empresa", la llamaba √©l), a todos los t√≠tulos, rangos, distinciones y honores alemanes. Estos cambios agradaron a la poblaci√≥n, que aborrec√≠a todo lo que le recordara en lo m√°s m√≠nimo a los odiados hunos. Como muestra de lo alterados que andaban los √°nimos por Gran Breta√Īa, se√Īalaremos que numerosos due√Īos de perros salchicha fueron agredidos, ante la sospecha de que simpatizaban con el enemigo.

El papel de la Familia Real durante la contienda fue, en general, ejemplar. La conducta de sus padres sirvió de guía a Bertie, ya convertido en Jorge VI, durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero volvamos a la Primera. Una vez finalizada, nuestro hombre ingresó en el Trinity College de Cambridge, donde se dedicó, fundamentalmente, a hacer el gamberrete y pasarlo bien. En 1920 su padre le otorgó el título de Duque de York.

En 1923 tom√≥ la que posiblemente fue la mejor decisi√≥n de su vida: casarse con lady Isabel Bowes-Lyon, hija de un conde escoc√©s. Isabel fue para √©l representante, secretaria, relaciones p√ļblicas, consejera, amiga, compa√Īera fiel... Le ayud√≥ a superar muchos de sus problemas, como el del tartamudeo y el miedo a hablar en p√ļblico; a tal fin, le anim√≥ a visitar a diversos especialistas: fue Lionel Logue, un exc√©ntrico terapeuta australiano, quien dio por fin con el enfoque, el tratamiento correcto. Pese a las inevitables licencias dram√°ticas, la relaci√≥n entre Logue y Jorge VI est√° muy bien tratada en la pel√≠cula de Hooper; excelente pel√≠cula, por si no lo he dicho antes.

Alberto, Isabel y sus dos hijas (Isabel y Margarita) formaban la perfecta familia británica. Muy queridos por la población, su modélica (y aburrida) vida doméstica contrastaba enormemente con la que llevaba el príncipe de Gales: aficionado a las fiestas, el lujo, el juego y, sobre todo, a las mujeres casadas, su conducta era motivo de gran preocupación para su padre. Al final de sus días, Jorge V anhelaba que fuera su segundo hijo quien, pese a sus deficiencias, heredara la corona. Llegó a desear que Eduardo nunca se casara ni tuviera hijos, para que así nada se interpusiera entre Bertie, su querida y mimada nieta Isabel y el trono. La relación de Eduardo con una divorciada estadounidense de dudosa reputación, Wallis Warfield Simpson, le inquietaba especialmente; su hijo era el príncipe de Gales más popular de la historia, y aun así parecía decidido a echarlo todo por la borda por "esa mujer", como la llamaba siempre la duquesa de York. Poco antes de su muerte, el Rey vaticinó: "Cuando yo muera, el chico no aguantará ni doce meses".

Por no aguantar, no aguant√≥ ni once. Jorge V falleci√≥ en Sandringham el 20 de enero de 1936, y Eduardo VIII, decidido a casarse con la Sra. Simpson, abdic√≥ el 11 de diciembre de ese mismo a√Īo, sin haber llegado siquiera a ser coronado.

Con enorme pavor, Alberto se vio haciendo frente a lo que siempre hab√≠a temido: el trono. La reina Isabel y su suegra, la reina Mar√≠a, estaban espantadas: el Rey de Inglaterra hab√≠a abandonado su deber por una mujer. La poblaci√≥n se sent√≠a abandonada y defraudada. ¬ŅEstar√≠a Alberto a la altura de las circunstancias? No lo parec√≠a, en absoluto. La imagen de la Corona se hundi√≥ hasta cotas abisales.

El nuevo soberano eligi√≥ el nombre de Jorge VI en honor a su padre, para ofrecer una imagen de continuidad din√°stica y restaurar la confianza en la monarqu√≠a. Fue coronado en Westminster el 12 de mayo del 36, fecha prevista para la coronaci√≥n de su hermano. El escritor Evelyn Waugh augur√≥ que aqu√©l ser√≠a uno de los reinados m√°s desastrosos de la historia de la naci√≥n, y los funestos acontecimientos que se sucedieron parec√≠an darle la raz√≥n: los ignominiosos Acuerdos de M√ļnich, la Segunda Guerra Mundial, el dominio sovi√©tico sobre media Europa, la dura posguerra, la p√©rdida de la India, el fin del Imperio... Demasiado para un rey bienintencionado, t√≠mido, inseguro, ingenuo, lleno de idealismo y partidario del apaciguamiento.

Es sorprendente lo mucho que, pese a todo, ten√≠a en com√ļn con su padre: ambos eran segundones que, en principio, no ten√≠an que haber llegado al trono; sirvieron en la Armada; vivieron sendas guerras mundiales; se casaron con mujeres de fuerte personalidad que fueron decisivas para reforzar la imagen de la monarqu√≠a en los tiempos dif√≠ciles que les toc√≥ vivir; fueron admirados por su pueblo por su sentido del deber y eran demasiado idealistas y proclives a pol√≠ticas de consenso que evitaran los conflictos. Pero a veces los conflictos son inevitables, como predijo Churchill, si bien pocos quisieron escucharle.

La opini√≥n p√ļblica y el propio Jorge VI apoyaron la pol√≠tica de conciliaci√≥n del Gobierno Chamberlain. Cuando √©ste regres√≥ de M√ļnich, tras la firma de los indecentes acuerdos, el Rey le invit√≥ a saludar a la multitud que se hab√≠a congregado en Buckingham. Aquello era no s√≥lo ins√≥lito (nunca antes un plebeyo hab√≠a sido invitado a aparecer all√≠, en el real balc√≥n, junto a los monarcas), sino inconstitucional: el Rey no pod√≠a mostrar jam√°s favoritismo pol√≠tico alguno, y con ese gesto indicaba inequ√≠vocamente que apoyaba la firma de los Acuerdos. Independientemente de que √©stos fueran la soluci√≥n acertada o no (que no lo eran), hab√≠an sido cuestionados por la oposici√≥n, y ni siquiera se hab√≠an presentado a√ļn ante el Parlamento.

Por suerte, durante la guerra Jorge VI no tuvo como premier a Chamberlain, sino a Churchill, con el que forj√≥ una extraordinaria alianza. En un principio, el Rey no estaba muy conforme con que √©ste fuera el elegido para formar gobierno, pues era de los pocos que hab√≠an apoyado a Eduardo VIII durante la crisis de la abdicaci√≥n; pero ambos eran demasiado responsables y profesionales como para permitir que aquello afectara a la naci√≥n, especialmente en esas terribles circunstancias. Al final, el monarca acab√≥ entusiasmado con su jefe de Gobierno, al que siempre agradeci√≥ su labor durante la guerra. Resulta curioso que dos personalidades tan distintas acabaran entendi√©ndose tan bien. Tal vez la clave estuviera en que el Rey, en todo momento, fue consciente de su papel secundario. No hubo celos, intrigas ni camarillas, sino una relaci√≥n sincera y un esfuerzo com√ļn por conducir el pa√≠s a la victoria.

Jorge VI dio lo mejor de s√≠ mismo durante la guerra. Demostr√≥ poseer no s√≥lo el sentido del deber caracter√≠stico de la Casa de Windsor (corramos un tupido velo sobre las ilustres excepciones, o no acabar√≠amos jam√°s), sino un valor y una dedicaci√≥n extraordinarios, que le hac√≠an sobreponerse a su timidez, a su inseguridad e incluso a su tartamudez. Junto con su mujer, se neg√≥ a abandonar Londres durante el Blitz (no cambi√≥ de opini√≥n ni siquiera cuando dos bombas cayeron en pleno Buckingham), insisti√≥ en tener una cartilla de racionamiento como sus s√ļbditos y visit√≥ refugios subterr√°neos, hospitales e infinidad de zonas devastadas por los bombardeos. Su labor para levantar la moral de la poblaci√≥n contribuy√≥ decisivamente a la victoria final.

El pueblo quería a los Reyes, sentía que comprendían y compartían su sufrimiento; por eso el 8 de mayo de 1945, el Día de la Victoria, una multitud se congregó espontáneamente ante el palacio de Buckingham para celebrar el fin de la pesadilla. Junto a ellos se hallaba, como en 1938, un primer ministro, pero esta vez con todo merecimiento: Jorge VI quiso compartir aquel momento con el hombre que lo había hecho posible, Winston Churchill.

Tras la guerra se sucedieron los disgustos para el monarca. Churchill fue derrotado en las elecciones por los laboristas, que adoptaron una serie de medidas que para nada eran del agrado de Su Majestad: nacionalizaciones, impuestos, la independencia de la India... Jorge VI no se mostr√≥, en sus √ļltimos a√Īos, muy optimista respecto al futuro de la monarqu√≠a; cre√≠a que incluso √©l, con toda su popularidad, pod√≠a perder el trono en un plazo relativamente breve de tiempo.

Su salud, ya de por s√≠ d√©bil, se deterior√≥ r√°pidamente tras el esfuerzo de los √ļltimos a√Īos. En 1949 hubo de ser intervenido en una pierna debido a la arterioesclerosis, y en 1951 le extirparon el pulm√≥n izquierdo: padec√≠a c√°ncer, para el que no hab√≠a recibido el tratamiento adecuado (su m√©dico personal era home√≥pata). Tras una breve recuperaci√≥n, Jorge VI falleci√≥ en Sandringham, mientras dorm√≠a, el 6 de febrero de 1952, de una trombosis coronaria. Fue enterrado en la capilla de San Jorge del castillo de Windsor.

Jorge VI no fue, desde luego, el monarca más brillante ni el más popular de la historia del Reino Unido. Cometió errores, y tenía numerosos defectos: era inculto, le gustaba el humor grueso, tenía una memoria extraordinaria para recordar los fallos ajenos, era proclive a los estallidos de ira. Sin embargo, también era un hombre recto, sincero, capaz de poner el interés nacional por encima del suyo propio. En una escena de El discurso del Rey, Alberto pregunta para qué sirve un monarca, dónde reside su poder: "En que la nación cree que cuando hablo, hablo por ella", se responde a sí mismo. Sin duda, y pese a las dificultades, supo ser la voz de su pueblo.
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Veritas Liberabit Vos
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« : Viernes 07 de Enero de 2011, 04:00 »

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alberto11
Visitante
« Respuesta #1 : Lunes 02 de Mayo de 2011, 15:15 »

Muy buena la película.

De acuerdo con que no fue el mejor rey ni mucho menos, pero sin duda es un ejemplo de superación de uno mismo ante circunstancias difíciles.

Saludos,
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