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Autor Tema: El mito del guerracivilismo espa√Īol  (Leído 1057 veces)
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« : Mi√©rcoles 20 de Octubre de 2010, 05:00 »

CUESTIONES DE HISTORIA DE ESPA√ĎA


El mito del guerracivilismo espa√Īol


Por Pío Moa-LD



 Uno de los t√≥picos m√°s absurdos y sin embargo m√°s popularizados ‚Äďpor un gran n√ļmero de historiadores, intelectuales y periodistas‚Äď es el que atribuye a los espa√Īoles una especial propensi√≥n a la guerra civil, lo cual diferenciar√≠a a Espa√Īa del resto de Europa Occidental, m√°s culto, rico y asentado. 

Am√©rico Castro, cuyos disparates han gozado de excepcional audiencia, llevaba incluso esa supuesta propensi√≥n a la expulsi√≥n de jud√≠os y musulmanes ‚Äďlos elementos m√°s productivos y cultos de la sociedad, seg√ļn √©l‚Äď, que habr√≠a introducido una especie de herida insanable en la psicolog√≠a social hispana.

La realidad hist√≥rica difiere mucho de tales arbitrariedades. Espa√Īa se convirti√≥ en gran potencia mundial precisamente despu√©s de dichas expulsiones, aunque no quepa establecer un nexo entre los dos sucesos; y durante tres siglos fue el pa√≠s m√°s estable en el terreno dom√©stico de Europa Occidental: se libr√≥ de las llamadas guerras de religi√≥n, que asolaron pa√≠ses como Alemania, Francia; de guerras como la civil de Cromwell ‚Äďy su sangrienta imposici√≥n sobre Irlanda‚Äď o las que se libraron en Italia. Gran parte de la pol√≠tica exterior de los Austrias se orient√≥, en general con √©xito, a evitar que en Espa√Īa se produjeran contiendas internas tan devastadoras.

Por otra parte, la presencia anterior de musulmanes y jud√≠os no impidi√≥ guerras civiles entre los reinos espa√Īoles o dentro de cada uno de ellos. Y con los musulmanes ‚Äďuna naci√≥n diferente‚Äď la tendencia dominante fue la del enfrentamiento hasta la derrota final de Al √Āndalus (tambi√©n pudo haber ocurrido al rev√©s). Pero incluso las luchas civiles en los reinos espa√Īoles fueron en general mucho menos devastadoras que en otras zonas de Europa (Guerra de los Cien A√Īos, por ejemplo), y tambi√©n menos frecuentes que las de Al √Āndalus.

Toda sociedad registra tendencias centr√≠petas y centr√≠fugas. Cuando triunfan las centr√≠fugas, la sociedad se disuelve; las contrarias pueden dar lugar a una estabilidad social satisfactoria y tambi√©n a tiran√≠as. Si observamos la historia en su conjunto, comprobamos que hasta el siglo XIX Espa√Īa registr√≥ un guerracivilismo bastante inferior al habitual en el resto de Europa. Solo una notable ignorancia puede apoyar el aserto contrario. Y no fue por una imposici√≥n tir√°nica, al menos no superior a la que pod√≠a darse en otros pa√≠ses europeos.

El problema del guerracivilismo espa√Īol se limita, por tanto, a los dos siglos √ļltimos, en que se registran dos guerras civiles muy duras y otros cuantos incidentes menores, as√≠ como el fen√≥meno de los pronunciamientos militares. Tampoco es esto demasiado extra√Īo en el conjunto de Europa. Por limitarnos a los pa√≠ses m√°s pr√≥ximos, la formaci√≥n de la naci√≥n italiana se hizo mediante una guerra civil; posteriormente, Italia intervino desastrosamente en dos guerras mundiales, la primera de las cuales engendr√≥ un proceso revolucionario y la segunda, asimismo, una guerra civil. Francia sufri√≥ en el siglo XIX varias revoluciones, que no fueron otra cosa que breves pero intensas contiendas intestinas, aparte de una serie de desastrosas guerras exteriores (las napole√≥nicas, la franco-prusiana, las mundiales ‚Äďde la primera sali√≥ vencedora pero a un coste insoportable, y la segunda gener√≥ una guerra civil peque√Īa pero sangrienta‚Äď, las coloniales de Indochina y Argelia, saldadas con desastrosas derrotas). El Reino Unido tuvo que cambiar dr√°sticamente de fronteras al verse obligado a reconocer la independencia de Irlanda en pleno siglo XX (desde ese punto de vista, la lucha de los irlandeses contra los ingleses habr√≠a sido tambi√©n una contienda civil, aunque realmente no lo fue). Sin embargo, no existe en esos pa√≠ses un s√≠ndrome de guerracivilismo como el que artificialmente se ha alimentado aqu√≠.

En Nueva historia de Espa√Īa he expuesto una hip√≥tesis sobre la abundancia de querellas internas a partir del Ochocientos: las guerras napole√≥nicas rompieron la evoluci√≥n del siglo anterior, b√°sicamente pac√≠fica, y cre√≥ una serie de oposiciones sociales, entre la necesidad de modernizar el estado (liberalismo) y el rechazo a esa modernizaci√≥n por extranjerizante (tradicionalismo); y, dentro del propio liberalismo, entre los moderados, partidarios de una evoluci√≥n que tuviera en cuenta las realidades particulares de Espa√Īa, y los radicales, propulsores de cambios dr√°sticos copiados de Francia. La Restauraci√≥n super√≥ esos problemas en lo esencial, aunque el triunfo de un liberalismo evolutivo dio lugar todav√≠a a reacciones tradicionalistas en Vascongadas y Catalu√Īa, que derivar√≠an hacia los nacionalismos. Hasta que la guerra con Usa, en 1898, impuls√≥ a nuevas fuerzas pol√≠ticas de orientaci√≥n centr√≠fuga: el anarquismo, el socialismo y los separatismos catal√°n y vasco, sobre todo. La idea de una revoluci√≥n liberal fue abandonada por esas fuerzas en beneficio de concepciones totalitarias o antiliberales y disgregadoras, que impidieron la continuidad de la Restauraci√≥n y abocaron a la gran crisis nacional de la II Rep√ļblica y el Frente Popular.

La Guerra Civil y el franquismo resolvieron en gran medida las cuestiones revolucionaria y separatista. Se desemboc√≥ en una transici√≥n a la democracia desde el mismo r√©gimen autoritario: un suceso original, sin precedentes en Europa, pues en casi todo el resto del Occidente europeo la democratizaci√≥n provino de la intervenci√≥n b√©lica use√Īa. La reforma democr√°tica, sin embargo, fue propiciada por un sector de la Iglesia y acometida por Su√°rez con un fuerte componente demag√≥gico y sin tener en cuenta la historia, por lo que ha terminado en la crisis actual, de salida incierta.

La historia plantea retos que pueden afrontarse mejor o peor, y no sabemos d√≥nde abocar√° este. Estos tres procesos (hasta la Restauraci√≥n, hasta la Guerra Civil y hasta el gobierno actual) han durado entre sesenta y setenta a√Īos, lo que no deja de ser una curiosidad hist√≥rica.

 
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