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Autor Tema: Abril de 1913. Un topo zarista en Viena-  (Leído 1037 veces)
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« : Domingo 20 de Junio de 2010, 05:55 »

 GUERRA MUNDIAL




Un topo zarista en Viena




Por Emilio Campmany
LD


 En abril de 1913, en la estafeta de correos de la Fleischmarkt de Viena, un funcionario devolvi√≥ a Berl√≠n una carta llegada desde Eydtkunen porque no hab√≠a sido recogida por su destinatario, un tal Herr Nikon Nizetas.

En Berlín, ya fuera porque levantó sospechas o porque no había remite y se pensó que quizá en el interior vinieran los datos del remitente, se decidió abrirla. El sobre contenía 6.000 coronas austriacas en billetes de banco y una dirección en Ginebra. La suma era exorbitante, equivalente a unos 30.000 euros actuales. La oficina de correos se apresuró a informar al servicio de inteligencia.

Al frente de la Abteilung IIIb alemana se encontraba Walter Nicolai, cuya principal misión era evitar que los probables enemigos de Alemania durante la próxima guerra, Rusia y Francia, conocieran el plan de su ejército, el famoso plan Schlieffen, que buscaba evitar que Alemania tuviera que combatir en dos frentes.

La solución propuesta por Schlieffen se basaba en la lentitud de la movilización rusa y en la rapidez de la movilización alemana. El plan consistía en atacar primero a Francia con todo el ejército mientras los rusos se movilizaban para, una vez derrotada aquélla, y antes de que el ejército zarista hubiera completado su movilización, volver hacia el este con todos los efectivos a enfrentarse a los rusos. Era esencial que el enemigo ignorara el plan. De conocerlo, los franceses pensarían que la mejor manera de derrotar a los alemanes sería defenderse en vez de atacar y resistir el tiempo necesario para que los rusos movilizaran y pudieran atacar en el este, y los rusos sabrían que, sin necesidad de completar su movilización, podrían atacar la desguarnecida Prusia Oriental en cuanto hubieran reunido allí las primeras tropas.

Los hombres de Nicolai enseguida descubrieron que la direcci√≥n de Ginebra que conten√≠a el sobre dirigido a Nikon Nizetas era de un oficial franc√©s retirado, del que se sab√≠a con seguridad que era un esp√≠a. Enseguida dedujeron que Nikon Nizetas era el alias de un agente ruso en Viena. No deb√≠a de ser un cualquiera, pues 6.000 coronas era una cifra astron√≥mica. Probablemente, pensaron, era un agente doble al que hab√≠a que pagar muy generosamente su traici√≥n a cambio de importantes secretos. El Estado Mayor austro-h√ļngaro conoc√≠a el plan Schlieffen, del mismo modo que los alemanes conoc√≠an los planes de despliegue austriacos en sus tres frentes probables: el ruso, el serbio y el italiano. La posibilidad de que un agente doble austriaco estuviera entregando informaci√≥n militar a los franceses aterroriz√≥ a los alemanes.

As√≠ pues, Nicoalai Walter se apresur√≥ a contactar con su hom√≥logo del Evidenzbureau en Viena, el coronel August Urbanski von Ostrymiecz, que a su vez pas√≥ el asunto a su lugarteniente Maximilian Ronge, jefe de contrainteligencia. Ronge se alarm√≥ al recibir la noticia desde Berl√≠n y consider√≥ que el asunto era de la m√°xima importancia. Hac√≠a tiempo que el contraespionaje austro-h√ļngaro sospechaba de la existencia en el seno de su Estado Mayor de un topo. Toda la red de esp√≠as austr√≠acos en Rusia hab√≠a ca√≠do de forma inmisericorde, lo que se cre√≠a no pod√≠a haber ocurrido m√°s que en el caso de que a los rusos les hubiera facilitado sus nombres y direcciones alguien con acceso a toda la informaci√≥n, alguien que necesariamente ten√≠a que estar muy alto.

No s√≥lo, sino que, en febrero de 1909, el agregado militar austro-h√ļngaro en San Petersburgo, Lelio Spannocchi, supo por el coronel Guy Wyndham, agregado militar brit√°nico en la misma ciudad, que el Estado Mayor austr√≠aco hab√≠a sido penetrado y que los rusos ten√≠an a su servicio un alto oficial que les informaba de todo cuanto quer√≠an. Spannocchi viaj√≥ a Viena e inform√≥ al que por entonces estaba al frente del Evidenzbureau, el antecesor de Urbanski, el coronel Eugen Hordliczka, que le rest√≥ importancia al asunto y rechaz√≥ indignado la idea de que la polic√≠a investigara a todos los miembros del Estado Mayor. No obstante, el diplom√°tico insisti√≥ en que algo hab√≠a que hacer, y Hordliczka le remiti√≥ al jefe de contrainteligencia, el teniente coronel Alfred Redl. √Čste, un oficial muy capaz que hab√≠a revolucionado el espionaje austro-h√ļngaro aplicando las nuevas tecnolog√≠as a las labores de contrainteligencia, tranquiliz√≥ a Spannocchi dici√©ndole que se har√≠a todo lo necesario para descubrir al topo. Sin embargo, en abril de 1913, cuando Max Ronge supo de las cartas henchidas de dinero a nombre de Nikon Nizetas, la investigaci√≥n no hab√≠a logrado avance alguno.

Ronge, que hab√≠a sucedido a Redl al frente de la contrainteligencia en el Evidenzbureau cuando √©ste hab√≠a ascendido a coronel y luego nombrado jefe del Estado Mayor del VIII Ej√©rcito con base en Praga, era un ferviente admirador de los modernos m√©todos de su antecesor. Estaba convencido de que detr√°s de Nikon Nizetas se escond√≠a el topo que llevaban a√Īos buscando. Para su descubrimiento, falsificaron dos cartas procedentes de la misma ciudad, Eydtkunen, que llenaron de dinero y dejaron en la lista de correos de la estafeta de la Fleischmarkt a nombre de Herr Nikon Nizetas. Debajo del mostrador de la ventanilla de la lista de correos situaron un pulsador que, convenientemente apretado, har√≠a sonar un timbre en la muy cercana comisar√≠a de polic√≠a, pero sin que nada se oyera en correos. A los funcionarios se les orden√≥ pulsar el timbre cuando apareciera alguien reclamando la correspondencia del se√Īor Nizetas. Los agentes de polic√≠a all√≠ destinados fueron aleccionados para que, cuando sonara el timbre, corrieran a la oficina de correos y detuvieran a quien la estuviera pidiendo.

Pasaron varias semanas y nadie apareci√≥. Incluso lleg√≥ una carta aut√©ntica a nombre de Nizetas, lo que permiti√≥ retirar las falsas, que podr√≠an haber levantado sospechas en el agente si, al recogerlas, hubiera notado algo extra√Īo. Finalmente, un d√≠a, el timbre son√≥ en la comisar√≠a. Tres agentes de polic√≠a corrieron a la estafeta, pero cuando llegaron se encontraron a una joven y desolada funcionaria detr√°s de la ventanilla de la lista de correos dici√©ndoles que el hombre acababa de salir y disculp√°ndose por no haber sido capaz de retenerle el tiempo suficiente. Los polic√≠as salieron a la calle, pero s√≥lo les dio tiempo a ver un taxi alejarse. Desesperados, comenzaron a culparse unos a otros de la oportunidad perdida, aterrados como estaban de tener que enfrentarse a la ira de Ronge.

En esas estaban cuando vieron aparecer al fondo de la calle el mismo taxi, o uno muy parecido al que hab√≠an visto alejarse. Se abalanzaron sobre el conductor y le preguntaron si acababa de llevar a un cliente desde aquel mismo lugar. Contest√≥ que s√≠, que los s√°bados sol√≠a establecerse junto a correos porque era f√°cil encontrar clientela y que por eso, tras dejarle en su destino, hab√≠a vuelto al mismo lugar. Luego, los polic√≠as le preguntaron que d√≥nde hab√≠a llevado al hombre, y el taxista les contest√≥ que al hotel Klomser, muy cerca de all√≠. As√≠ que le ordenaron que los condujera al hotel en el mismo taxi. Cuando se montaron, los polic√≠as descubrieron en el asiento trasero una peque√Īa navaja en una guarda de cuero. Concluyeron que la navaja ten√≠a que ser propiedad del se√Īor Nizetas, que la habr√≠a sacado para abrir el sobre con el dinero y que, al guardarla, se le habr√≠a resbalado del pantal√≥n y qued√≥ olvidada en el taxi.

Cuando llegaron al hotel, los policías interrogaron al recepcionista. Preguntaron acerca de qué clientes tenían alojados y se inquietaron cuando se les dijo que uno de ellos era el coronel Redl, que estaba ahora destinado en Praga, pero que, cuando viajaba a Viena, se alojaba en el Klomser. Después, le entregaron al empleado la navajita y le pidieron que interrogara a todos los clientes acerca de si alguno la había perdido en un taxi que les hubiera llevado al hotel.

Uno de los polic√≠as se qued√≥ en el vest√≠bulo del hotel, sentado en un lugar desde el que pod√≠a ver la recepci√≥n, y los otros esperaron fuera. Todos los clientes que fueron preguntados negaron ser propietarios de la navaja. Finalmente, a √ļltima hora de la tarde, un hombre de relativa baja estatura y algo rechoncho, pero muy elegantemente vestido y de porte firme, se dirigi√≥ al mostrador a entregar su llave y fue preguntado, como todos los clientes anteriores, si era el propietario de la peque√Īa navaja. Al coronel se le ilumin√≥ la cara al verla y dijo que s√≠, que era suya. Pero al decirlo se dio cuenta de que el conserje, al saberle el propietario, hab√≠a hecho un lev√≠simo gesto a alguien que deb√≠a de estar a su espalda. Entonces, el coronel se supo perdido.

El polic√≠a del vest√≠bulo reconoci√≥ enseguida a Redl y no se atrevi√≥ a detenerlo. Hizo una se√Īa a los polic√≠as que estaban fuera para que lo siguieran. Redl sali√≥ y se dirigi√≥ a pie al restaurante Riedhof, donde estaba citado con su amigo, el doctor Pollak. Los polic√≠as informaron a sus superiores por tel√©fono desde el restaurante. Ronge fue avisado de que el hombre escondido tras el alias de Nikon Nizetas hab√≠a sido identificado como el coronel Redl, que en ese momento cenaba con el doctor Viktor Pollak en el Riedhof. Ronge tampoco se atrevi√≥ a dar la orden de que detuvieran a Redl, de forma que llam√≥ por tel√©fono a su jefe en busca de instrucciones. El coronel Urbanski tampoco se atrevi√≥ a tomar una decisi√≥n. Sab√≠a que el jefe del Estado Mayor, el general Conrad von Hotzendorf, cenaba en el Gran Hotel. Ambos, Urbanski y Ronge, se citaron en la puerta del establecimiento. Una vez se encontraron, se dirigieron al restaurante, localizaron la mesa del general y le contaron las nuevas. Conrad, un general impulsivo y no demasiado inteligente, empapado del sentido del honor que deb√≠a siempre presidir la conducta de un militar austro-h√ļngaro, decidi√≥ que la soluci√≥n correcta al asunto era que Redl se suicidara esa misma noche. Para lo cual habr√≠a que mantenerlo encerrado en la habitaci√≥n de su hotel y facilitarle una pistola con la que poder cumplir con su deber.

Ronge se dirigió al Klomser, al que el coronel había vuelto tras su cena con Pollak. La policía le informó de que el coronel no había vuelto a salir de su cuarto. Maximilian subió a la habitación de Redl, le dijo que todo había sido descubierto. Con aire de desprecio le entregó una Browning y le espetó que él sabía muy lo que se esperaba que hiciera con ella.

Redl quedó encerrado en su cuarto durante horas, escribiendo y rompiendo notas con las que despedirse de sus seres queridos. Ya de madrugada sonó el disparo con el que el coronel se quitó la vida. Otras fuentes cuentan que Ronge, desesperado porque Redl no acababa de atender su deber, subió al cuarto y cumplió por él su obligación.

Al día siguiente, domingo, agentes del Evidenzbureau y la policía se dirigieron al apartamento de Redl en Praga para registrarlo. En él encontraron un costosísimo equipo de fotografía y un escritorio en cuyo secreto había, además de dinero y negativos de documentos militares, gran cantidad de fotos de hombres jóvenes desnudos o vestidos con ropas de mujer, así como cartas de varios amantes masculinos. Pareció obvio que el coronel Redl era homosexual.

El ej√©rcito trat√≥ de esconder el esc√°ndalo, pero result√≥ que un brioso reportero de investigaci√≥n de la √©poca, Egon Erwin Kisch, public√≥ la noticia completa, con todos sus detalles, en un peri√≥dico berlin√©s, con la idea de burlar la censura austro-h√ļngara. Al parecer, quien le inform√≥ fue el cerrajero que abri√≥ el apartamento de Redl en Praga para los agentes, y que ten√≠a que haber jugado un partido de f√ļtbol con Kisch aquel domingo. La historia es casi con toda seguridad falsa. Sobre el estramb√≥tico personaje de Kisch, que posteriormente fue agente sovi√©tico, recae la sospecha de que ya por entonces era un agente ruso, lo que explicar√≠a c√≥mo se hizo con la informaci√≥n del esc√°ndalo Redl, que el r√©gimen zarista ten√≠a inter√©s en que se hiciera p√ļblica para desacreditar al ej√©rcito austro-h√ļngaro.

Por otra parte, Redl ha sido presentado como una v√≠ctima de la persecuci√≥n de la homosexualidad. Se supone que fue su inclinaci√≥n sexual la que, descubierta por los rusos, le hizo ser objeto de chantaje vi√©ndose obligado a convertirse en agente doble. Sin embargo, la homosexualidad en el ej√©rcito austro-h√ļngaro no era infrecuente, y estaba tolerada siempre que no se diera esc√°ndalo. Por otro lado, las fabulosas sumas de dinero que Redl recibi√≥, y que le permitieron llevar una vida de aut√©ntico millonario, sugieren que m√°s bien fue la codicia y no el chantaje lo que llev√≥ a Redl a traicionar a su patria. Adem√°s, se sabe que espi√≥ tambi√©n para los italianos, de quienes recibi√≥ igualmente much√≠simo dinero, y quiz√° hasta para los franceses.

Cuando Francisco Fernando, heredero al trono, se enter√≥ del modo en que hab√≠a resuelto el asunto Conrad von Hotzendorf, se enfureci√≥ extraordinariamente. Hotzendorf hab√≠a cometido la torpeza de incitar a Redl al suicidio antes de averiguar qu√© informaci√≥n hab√≠a suministrado y a qui√©n lo hab√≠a hecho. Por eso, quiz√°, porque no sabemos qu√© informaci√≥n pudo pasar Redl a la inteligencia zarista, cuyos archivos fueron en su mayor parte destruidos durante la Revoluci√≥n de Octubre, los historiadores han tendido a minusvalorar la importancia de Redl en el fracaso militar del ej√©rcito austro-h√ļngaro durante la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, hay que considerar los siguientes hechos: el incapaz Conrad von Hotzendorf no introdujo cambio alguno en los planes de despliegue de su ej√©rcito a pesar de saber, tras el esc√°ndalo Redl, que ten√≠an que ser perfectamente conocidos por sus enemigos; Austria-Hungr√≠a sufri√≥ en las primeras semanas de la guerra 400.000 bajas; y, sobre todo, lo m√°s relevante, el muy inferior ej√©rcito serbio tuvo la sorprendente capacidad de resistir el ataque del de Austria-Hungr√≠a, lo que impidi√≥ trasladar a Galitzia los efectivos necesarios para poder hacer frente a los rusos con alguna probabilidad de √©xito. Si los rusos conoc√≠an los planes austro-h√ļngaros en caso de guerra con Serbia, es seguro que los serbios tambi√©n los conoc√≠an.

Hay por √ļltimo un elemento poco estudiado. Para los rusos, una vez perdido su mejor agente en Viena, el inter√©s ten√≠a que ser que, si ten√≠a que estallar una guerra, lo hiciera cuanto antes para poder aprovechar la mucha informaci√≥n que ten√≠an de los planes austriacos y alemanes antes de que pudieran cambiarlos. Esta consideraci√≥n pudo haber influido en la diplomacia rusa cuando decidi√≥ animar a la inteligencia serbia a preparar y cometer el asesinato de Francisco Fernando durante su visita a Sarajevo, el 28 de junio de 1914, un a√Īo despu√©s de la muerte de Redl. Pero eso es otra historia.
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