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Autor Tema: HISTORIA, POLÍTICA Y TERRORISMO  (Leído 841 veces)
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« : Domingo 02 de Noviembre de 2008, 21:27 »

Recopilación de artículos varios recopilados por Rosanegra. Guiño
« Última modificación: Lunes 10 de Noviembre de 2008, 23:44 por Debatimos » En línea

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« : Domingo 02 de Noviembre de 2008, 21:27 »

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« Respuesta #1 : Lunes 03 de Noviembre de 2008, 06:36 »

PROHIBIDO PASAR
María San Gil: el capítulo más negro de la crisis
Por Ignacio Villa
 Los teletipos escupen una noticia hasta ese momento impensable: "María San Gil abandona la ponencia política por desavenencias con el contenido de ese texto". Se anuncia en un comunicado del Partido Popular vasco que San Gil abandona la ponencia "por diferencia de criterios a su juicio fundamentales".

Esto ocurre el domingo 11 de mayo por la noche; el lunes 12 termina el plazo oficial para la entrega de los textos de esas ponencias. La noticia vuelve a ser un auténtico golpetazo para el aparato del partido. Aquí no estamos hablando de cuotas de poder, de vanidades políticas o de obsesión por los cargos. En este caso la cuestión es "María". En el Partido Popular, María San Gil es "María". Es la referencia para miles de militantes, para millones de votantes. Por su trayectoria, su valentía, su claridad, su tozudez a la hora de defender la libertad y la democracia. Sólo pensar –aunque sea de lejos– lo que está pasando, y lo que puede pasar, asusta a cualquiera.
 
(...) Hay una cuestión que nadie entiende. Es más, que nadie puede justificar. ¿Por qué la nueva dirección del Partido Popular estaba tan empeñada en que el claro giro político que querían dar al nuevo partido quedara reflejada en esa ponencia? ¿No eran conscientes de que los contenidos de esas ponencias congresuales habían pasado, hasta la fecha, absolutamente desapercibidos? (...) ¿Para qué tanta intransigencia de Rajoy? Sinceramente incomprensible. Sólo se puede entender entre una mezcla de engreimiento y de inexperiencia, pero en todo caso inexplicable para el sentido común. Y desde luego toda la militancia del Partido Popular piensa que lo que está pasando con María es impresentable.
 
La redacción de la ponencia política había sido encargada a José Manuel Soria, Alicia Sánchez-Camacho y María San Gil. Hasta ahí, todo es normal. El problema empieza cuando los tres comienzan a debatir los contenidos de ese texto, especialmente en referencia a los nacionalismos. En todo caso, los hechos se suceden con mucha rapidez en el tiempo y con una absoluta displicencia por parte del aparato de Génova. Una actitud que se traduce en frialdad, frialdad y más frialdad hacia María San Gil.
 
Como ya se ha contado, en la Junta Directiva del 31 de marzo Rajoy designa a los ponentes de los tres textos –Estatutos, Política y Economía– que se van a debatir en el Congreso. Pero en el caso de la ponencia política no tienen una primera reunión en la calle Génova hasta el 21 de abril. Es una reunión de trámite en la que los tres se reparten sin más los contenidos de la ponencia. María San Gil se encarga de la política antiterrorista y el modelo de Estado, Alicia Sánchez-Camacho de Justicia y José Manuel Soria se queda con el capítulo de Inmigración.
 
A partir de ahí comienza una larga cadena de filtraciones, de enfrentamientos y de faltas de respeto que marcan el capítulo más siniestro –con mucho– de la crisis del PP. El 24 de abril aparece una primera filtración. Sin duda interesada. Estamos hablando de lo que habitualmente se conoce como un "globo sonda". El titular del diario La Razón tiene tanta enjundia, que desde luego no es una simple elucubración: "Rajoy planteará en el Congreso un acercamiento a los nacionalistas". Una información a cuatro columnas en la que se sugiere que el PP de Rajoy está empeñado en romper la imagen de soledad de la anterior legislatura y que no hace ascos a un acercamiento visual a los partidos nacionalistas, incluido el Partido Nacionalista Vasco. Esta información hace saltar chispas. María San Gil no se queda callada y pide a Rajoy una aclaración sobre el asunto. Es más, advierte que no va a aceptar ese planteamiento. A última hora del día –y de tapadillo–, la Oficina de Información del PP emite una nota en la que desmiente, de aquella manera, esa información. Una solución para salir del paso y evitar así, momentáneamente, una crisis que parece ya inevitable.
 
Lo cierto es que con esa filtración las cartas están encima de la mesa y todos saben a qué atenerse. El lunes 28 de abril, Soria envía un texto a San Gil en el que se recoge con pelos y señales lo filtrado días antes a La Razón. Entonces, el presidente del PP canario se multiplica por los medios de comunicación intentando aclarar que lo que allí se dice son ideas suyas, en ningún caso imposiciones de Rajoy. Las aclaraciones llegan tarde. El 29 de abril es María San Gil quien envía a los otros dos ponentes su propio texto. En él se recoge con claridad total que "los nacionalistas no buscan la derrota del terrorismo ni el fortalecimiento de España". Es en este momento –como desveló el diario El Mundo– que, a vuelta de correo electrónico y en un mensaje de móvil, Soria ironiza con San Gil. "María, he leído tu ponencia. ¡Arriba España!". Aquel mensaje –que no tiene justificación alguna– acabó con cualquier posibilidad de acuerdo. Las intenciones estaban claras, los objetivos también. Soria, cuando se conoció el contenido de ese mensaje, siempre dijo que había sido una broma, pero poca broma se puede hacer con personas como María San Gil, que se sienten acosadas, humilladas y despreciadas por toda la maquinaria nacionalista en el País Vasco. Y al igual que María, centenares de dirigente y militantes populares vascos que viven bajo la angustia del terrorismo y bajo la presión nacionalista desde hace años.
 
(...)
 
El 6 y el 7 de mayo Rajoy y San Gil hablan por teléfono. El tono de las conversaciones va evolucionando. El presidente del PP habla con un tono conciliador y tranquilizante, pero al ver que la presidenta del PP vasco no transige, pasa al ataque y le dice que no es posible la existencia de dos documentos. Rajoy apuesta por un acuerdo y por una unidad de criterio, pero al mismo tiempo no descalifica en ningún momento las estrategias de acercamiento a los nacionalismos promovidas por Soria. El líder del PP se mantiene en la distancia, sin coger el toro por los cuernos y sin clarificar cuál es su posición. Rajoy intenta pasar de puntillas sobre una cuestión definitiva y se vuelve a equivocar; con esa actitud está provocando que María San Gil, intocable para todos los militantes del PP, esté a punto de abandonar sus cargos y su militancia activa.
 
Y llegó el desastre. Cuando, el 8 de mayo, José María Lasalle –jefe de Gabinete de Rajoy e ideólogo, en parte, de este cambio en el fondo del Partido Popular– telefonea a María San Gil, la suerte está echada. (...) El desacuerdo es total, por lo que el 9 de mayo, a última hora de la tarde, es la propia dirigente vasca quien llama a Mariano Rajoy y le dice que abandona la ponencia política. El presidente del PP se compromete a intermediar en la redacción, pero poco más.
 
El domingo 11 de mayo es el día definitivo. San Gil y Lasalle, siempre telefónicamente, escenifican el total desencuentro. Llega un momento en que ya no es un problema de frases o de correcciones, sino una cuestión exclusivamente de fondo. María San Gil es consciente de que lo que están discutiendo es algo más que un párrafo o una coma. Está asistiendo, en primera línea y en primera persona, a la transformación estratégica y quizá ideológica de capítulos esenciales de la forma de hacer política desde siempre en el Partido Popular. San Gil es una referencia para todos en el partido; detrás de ella hay muchos militantes del PP dentro y fuera del País Vasco, pero también nombres que están en el recuerdo de todos, que han muerto asesinados por la banda terrorista ETA y que no aceptarían nunca esa "simpatía repentina" hacia el nacionalismo y su entorno que ahora quieren imponer a golpe de ponencia.
 
(...)
 
Cuando el lunes 12 de mayo comienza a ser conocido por todos el abandono de María San Gil, la convulsión es total. Indescriptible. Desde la calle Génova, desde su Oficina de Información, comienzan a jugar a las filtraciones con una actitud tan deleznable que ni los más cercanos a Rajoy dan crédito. En este sentido se estrenan diciendo que nadie entiende la actitud de San Gil; que el texto definitivo había aceptado todas las enmiendas y propuestas por ella realizadas; que en esta decisión hay gato encerrado y que desde luego detrás de San Gil está Jaime Mayor Oreja. Es tal el estupor que provoca la marcha de San Gil, que el aparato de Génova deberá ir elaborando a toda prisa teorías, doctrinas, justificaciones que expliquen lo ocurrido. Pero el remedio es mucho peor que la enfermedad. El adiós de María San Gil es un desastre para el PP, y las mentiras que difunden sobre ella después lo dicen todo. "Si sobre María son capaces de hacer esto, qué no harán sobre los demás", comentan muchos dirigentes indignados con lo que está pasando.
 
En aquella mañana de estupor, la primera en salir a la palestra es Esperanza Aguirre. La presidenta de la Comunidad de Madrid, claramente afectada por la historia, pide a Mariano Rajoy que "reflexione sobre lo que está pasando. (…) María San Gil no es una persona que tome esta decisión de manera frívola, todo lo contrario, y si ha discrepado y ha decidido no firmar la ponencia es que tiene sus razones". Y Aguirre vuelve a recordar a Rajoy que María San Gil es "un referente moral para todos". Con Aguirre se escuchan más apoyos. Ángel Acebes o el vasco Antonio Basagoiti son algunos de los que no ofrecen duda en el apoyo a la presidenta del PP Vasco. Incluso el propio Basagoiti pide a Rajoy que "recapacite" sobre lo que está pasando.
 
En esta cadena de reacciones de este primer día hay una que irrumpe con especial fuerza. Es la concejala del Ayuntamiento de Madrid Ana Botella, quien sin rodeos dice: "Yo estoy con María San Gil (…) Es una persona que defiende, sin duda, los intereses del partido". Detrás de esta contundencia, muchos quieren ver, muchos escuchan a José María Aznar. Todo el mundo sabe que el presidente de honor del partido tiene una relación excelente con San Gil, a quien siempre ha valorado y apoyado en su trabajo político. Las palabras de Ana Botella son de nuevo la señal inequívoca de que la crisis del PP parece no tener final. En estas horas posteriores al anuncio se van conociendo muchos detalles de una historia que hasta ese momento había pasado desapercibida para la mayoría. Muchos detalles, algunos ya descritos antes y otros que no dejan de ser escalofriantes. Uno de esos ejemplos son los párrafos que el propio Lasalle quería imponer a María San Gil. En algunos de ellos se querían dulcificar las negociaciones –a escondidas– de Carod Rovira con ETA en Perpignan, o por ejemplo la reducción a un simple pacto parlamentario del aberrante Pacto del Tinell, que supuso en la anterior legislatura un acuerdo por escrito de una verdadera persecución política contra el Partido Popular. Eran detalles que no hacían más que complicar la ya cruda realidad de la crisis. Hasta diez artículos decisivos pretendía cambiar José María Lasalle, artículos básicos en la historia de los populares y que este "recién llegado", como le calificaban ya muchos de puertas adentro, tenía intención de laminar. En el PP surge una sensación de incredulidad y de indignación que no se conocía desde la refundación del Congreso de Sevilla. "Yo no estoy en el PP por el cambio climático. Aquí hay un problema de suicidio colectivo", se escucha decir. Y desde luego más claridad no se puede pedir.
 
El huracán está en marcha y no hay quien lo pare. El martes 13 de mayo irrumpe desde Bruselas Jaime Mayor Oreja. Su defensa absoluta de María San Gil no ofrece dudas: "La literalidad de una ponencia no es el test. Para mí, es la verdad de las personas. Y estoy convencido de que María San Gil ha podido ver que había una idea sustancial de cambiar claramente su posición. (…) Espero que no entremos en el PP en la carrera de quién miente mejor. (…) Lo importante es saber quién dice la verdad. María San Gil no se va a inventar una posición, es incapaz de hacerlo". Además, el líder del PP en Europa lanza una clara advertencia sobre el peligro evidente que tenían los populares de caer en un Congreso de división y de enfrentamientos como fueron los que él vivió en la UCD. Palabras muy duras de Jaime Mayor Oreja que son contestadas en primera persona por el presidente del PP. Mariano Rajoy, desde los pasillos del Congreso, advierte de manera informal que ha aconsejado a los suyos que no hablen y que no se metan en líos: "Estoy bien y con responsabilidad, la única forma de actuar en estos momentos. Y punto". Lo cierto es que un acto en Vitoria que estaba previsto para el jueves con la participación de San Gil y de Rajoy es suspendido. La tensión así lo aconseja.
 
Desde la calle Génova se intenta amortiguar el choque de la mejor manera posible, pero con un desacierto tangible. Esta misma mañana, en distintas entrevistas televisivas y radiofónicas, Esteban González Pons y Jorge Moragas repiten lo mismo. Las palabras de González Pons son especialmente pomposas y no muy afortunadas, como él mismo ha reconocido. De aquel día son esas afirmaciones que colorean el drama: "María somos todos. María es de todos. María es un símbolo, no sólo moral sino político. Donde esté María allí tiene que estar el Partido Popular". En fin, declaraciones directamente desautorizadas con el paso de los días con la actitud de Rajoy, que incluso en el Congreso Nacional de Valencia fue incapaz de citar, de mencionar, de saludar a la gran ausente: María San Gil.
 
Mientras, aquella mañana el ridículo y la paranoia habían aterrizado en la sala de prensa de la calle Génova. Ese martes estaba prevista la presentación del texto de la ponencia política, y así lo hacen José Manuel Soria y Alicia Sánchez-Camacho. Balbuceantes, indecisos, poco concretos, evasivos. Todo menos convincentes. Los dos ante una concurrencia inusitada, lanzan balones fuera, pero con tan poca credibilidad que los resultados son nefastos. Pretenden hacer creer a los presentes que María San Gil acepta la totalidad del texto de la ponencia y que además el PP en ningún momento se ha planteado cambiar la orientación ideológica de sus principios. Afirmaciones que se las lleva el viento cuando de nuevo son preguntados y repreguntados: "Entonces, ¿cuáles son las razones de la ausencia de María San Gil?". La respuesta no existe y el esperpento no puede ser mayor.
 
(...)
 
El miércoles 14 de mayo España amanece con el terrorismo etarra en portada. La banda terrorista ETA ha intentado provocar una masacre en la localidad alavesa de Legutiano. Ha asesinado a Juan Manuel Piñuel, un guardia civil destinado en la casa cuartel, que es absolutamente destruida; es un atentado terrorista diseñado para ser una auténtica masacre. En el PP vasco la reacción es, como tantas otras veces, de condena al terrorismo etarra y a todo su entramado. El atentado certifica que la banda terrorista, como había denunciado el PP durante meses, ha utilizado la tregua de la negociación política con Zapatero para reorganizarse con mayor capacidad operativa. Los hechos así lo demuestran.
 
De todas formas, la crisis del PP no para. Ese miércoles está anunciada una comparecencia de María San Gil en San Sebastián. En ella, San Gil, sin pelos en la lengua, se despacha con claridad. La presidenta del PP se da entonces cuarenta días para recuperar la confianza en Mariano Rajoy. Se siente engañada y burlada, y eso no lo va a consentir. Si no se rectifica, María San Gil abandonará la Presidencia del PP vasco. Con el titular encima de la mesa, San Gil va desbrozando muchas de las presiones que ha tenido que aguantar, de forma incomprensible, durante las últimas semanas. Para empezar, habla de Lasalle:
Si la persona que Mariano Rajoy me pone como interlocutor me discute hasta el concepto de Nación, pues me preocupo. (…) Empezó una lucha de titanes. Discutía y rebatía el análisis político del momento en que vivimos, y discutía y rebatía la necesidad de plasmar de una forma clara y evidente cómo tiene que ser la propuesta de proyecto de esa gran España de ciudadanos libres e iguales.
 Añade San Gil que Lasalle, hasta el último momento, intenta cambiar la redacción:
Se dio una lucha por intentar modificarme, cambiarme o suprimir algunos artículos. (…) Se me intenta imponer una nueva redacción, y a la vista de que no lo consiguen porque yo soy muy tenaz, muy tozuda, a regañadientes y de mala manera se admite al final el texto.
Y también tiene unas palabras para Mariano Rajoy:
Les confieso que yo le tengo un enorme afecto a Mariano Rajoy, le tengo un enorme afecto personal, pero sí es verdad que hay determinadas decisiones y actuaciones que a mí me sorprenden. No es una quiebra en lo personal, pero sí es una incertidumbre con el proyecto político y con la forma de defenderlo. (…) Nosotros tendríamos que estar haciendo una oposición muy firme, no replanteándonos principios, valores o cambios de estrategia.
 Como se ve, en esa comparecencia ante los medios de comunicación María San Gil habla con absoluta nitidez, como tantas otras veces. También habla de su futuro:
El PP para mí es mi casa, y en este partido nos hemos dejado la piel, y nos hemos dejado muchos compañeros. El partido no se puede romper, pero tampoco se pueden asumir determinados cauces políticos que aquí no apoyamos. Yo no desafío a nadie, ni me retiro. Lo único que digo es que si no me siento cómoda, entonces me retiro y no me presento.
Después de esta rueda de prensa, ya no le quedan dudas a nadie. La crisis es irreversible. La marcha de María San Gil, inevitable. Y la incapacidad de Rajoy para solucionar la papeleta, absoluta.
 
[...]

Lo cierto es que la herida de San Gil no está cerrada y tardará mucho en cicatrizar. Eso es evidente en el PP vasco, pero lo es más todavía en la calle Génova. Todos los responsables de este triste capítulo, de esta dramática historia, han quedado sin duda señalados por mucho tiempo. No se pueden hacer peor las cosas. No se puede actuar con más crueldad. No se puede acumular tanta torpeza. No se puede dilapidar en tan poco tiempo tanto capital humano cuidado y mimado durante décadas. La marcha de San Gil –oficializada ya en el mes de septiembre– y también la de José Antonio Ortega Lara han hecho de la crisis del PP una crisis siniestra en lo político y en lo humano. Y eso que Mariano Rajoy había pretendido que María San Gil fuera su gran fichaje en Madrid para las generales. ¡Cómo cambian las cosas cuando alguien como San Gil sencillamente defiende principios y sólo principios!


NOTA: Este texto está tomado del capítulo 7 de PROHIBIDO PASAR, la más reciente obra de IGNACIO VILLA, que acaba de publicar La Esfera de los Libros.

Pinche aquí para ver a IGNACIO VILLA en LA HORA DE FEDERICO

http://findesemana.libertaddigital.com/maria-san-gil-el-capitulo-mas-negro-de-la-crisis-1276235681.html
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« Respuesta #2 : Lunes 03 de Noviembre de 2008, 06:39 »

lunes 3 de noviembre de 2008
EUROPA BAJO LOS ESCOMBROS
Martes de Carnaval
Por Fernando Paz
 Las temperaturas eran bajas, como correspondía al mes de febrero en Centroeuropa. Pese a ello –y a la delicadísima situación por la que atravesaba el país–, los testarudos sajones de Dresde se habían precipitado a las calles a celebrar las fiestas de Carnaval tal y como tradicionalmente habían venido haciendo. (...)

Los habitantes de Dresde, hasta ese momento, habían tenido buenos motivos para sentirse optimistas. Conocida como "la Florencia del Elba", Dresde albergaba uno de los centros históricos más logrados y mejor conservados de Europa, y la relación de sus tesoros artísticos la situaba a la altura de las más ricas ciudades alemanas. Por eso –calculaban los dresdenieses–, mientras una tras otra ardían las urbes a lo largo de todo el país, su ciudad merecía quedar al margen de la destrucción que asolaba el Reich.

Los sajones estaban seguros de sobrevivir a esa desolación generalizada, como una isla en un océano de ruinas. Regiones completas de Alemania, como el Ruhr, habían sido devastadas por los bombardeos angloamericanos, y todas las grandes ciudades del país eran poco más que un manojo de edificios derruidos, con los esqueletos de sus construcciones alzándose temblorosos –los que aún se mantenían en pie–, testimoniando la orgía de una destrucción que no parecía encontrar satisfacción. La vecina Leipzig, a menos de cien kilómetros, se había visto sometida a intensos bombardeos en repetidas ocasiones, hasta borrar el trazado de sus calles; más de la mitad de sus edificios se habían venido abajo, un mar de llamas se había enseñoreado de cada uno de sus rincones y el pánico generado había dado lugar a un colapso en las carreteras de tal magnitud que a las autoridades les había costado varios días dominarlo.

Sin embargo, Dresde no era Leipzig. Ciertamente, la ciudad poseía algunas industrias de valor para el esfuerzo de guerra alemán, entre ellas la siderúrgica, que desde hacía décadas habían hecho de la población la séptima ciudad del Reich. Pero su categoría como emporio cultural, el esplendor neoclásico de sus palacios y el núcleo de su ciudad antigua oficiaban de escudo antiaéreo con más efectividad que cien escuadrones de la menguante Luftwaffe. Sus ciudadanos hacían toda clase de cábalas en torno a la supervivencia de sus hogares y sus familias. Eran muchas, en verdad, las razones que explicaban tales consideraciones, pero sobre todas una: la ignorancia, que una razonable tendencia humana a recurrir a la superstición –alimento de las más descabelladas esperanzas– nutría día tras día.

La monumentalidad de la ciudad no era la única razón que sostenía sus esperanzas. También su condición de capital de Sajonia, que, por fuerza, haría plantearse a aquellos ingleses, primos suyos de las islas británicas al fin y al cabo, la conveniencia de una tal aniquilación. Incluso corría el rumor de que en la ciudad moraba la tía favorita de Churchill, nada menos, de modo que jamás permitiría el líder británico ponerla en peligro. Resulta curioso que los habitantes de Hiroshima, a tantos miles de kilómetros de distancia, fundasen en el rumor de que una tía del presidente Truman residía en la ciudad el haber quedado, hasta la misma víspera del 6 de agosto de 1945, al margen de los objetivos de la Fuerza Aérea norteamericana. El horror nuclear sacudiría con espanto sus esperanzas una soleada mañana de verano de ese mismo 1945.

El que unas fechas antes la Usaaf bombardease las afueras de Dresde tampoco había servido para abrirles los ojos. Apenas habían muerto unas 300 personas, la mayoría trabajadores residentes en las casas que el régimen nacionalsocialista había construido en las zonas de los suburbios. Los dresdenieses lo achacaban a errores de navegación; seguramente ni siquiera sabían aquellos extraños e ignorantes americanos qué ciudad estaban atacando, o quizá equivocaran el objetivo, buscando las industrias del extrarradio.

Justamente en las últimas semanas, aunque por otros motivos, habían comenzado a percibir que la guerra se acercaba a su ciudad. Desde que el 12 de enero de 1945 saltara por los aires la línea defensiva de la Wehrmacht en Baranow, el ejército soviético había cruzado el Vístula y, a una sorprendente velocidad, acampado junto al Oder. La vecina provincia de Silesia, anegada por la marea roja, arrojó a muchos alemanes hasta Dresde. Durante esas pocas semanas, decenas de miles de aterrorizados silesianos atestaron la ciudad. Tan sólo Breslau resistía –lo haría hasta el 9 de mayo, día de la rendición alemana, de ese terrible año de 1945– los poderosos embates de las tropas soviéticas; el resto de la región, con sus ricas minas y su industria de guerra, se había perdido definitivamente para el Reich. Los habitantes del Oriente germánico sabían bien lo que podían esperar de la avalancha que se les venía encima, rugiendo desde los maizales ucranianos, desde las estepas del Donetz, desde las torrenteras del Volga. Göbbels no ahorraba a los alemanes el conocimiento de las atrocidades que cometían los ejércitos de Stalin; por el contrario, envió a sus compañías de propaganda a los lugares que la Wehrmacht había reconquistado de las garras soviéticas, a fin de publicitar los crímenes del gigantesco y vengativo dispositivo militar rojo. En la conciencia alemana permaneció –y aún resuena– el eco de las matanzas de Nemmersdorf, con sus ancianas y niñas violadas, sus hogares saqueados y reducidos a cenizas y sus criaturas de pecho estrelladas contra las paredes o crucificadas en las puertas de los graneros.

El terror que había propiciado la evacuación masiva de Prusia Oriental, el éxodo de millones de personas procedentes de todas las provincias orientales –que no cesaría hasta muchos meses después– y un interminable desplazamiento por numerosos campos de toda Centroeuropa comenzaba a sentirse por aquellas fechas, recorriendo como un escalofrío la conciencia colectiva germano-oriental. Pero, como siempre sucede en las guerras, la mayoría estaba persuadida de que la marea del horror refluiría antes de entrar en su ciudad. Cómo imaginar que las esperanzas depositadas en la tía de Churchill no sólo no iban a salvaguardarlos, sino que iba a ser, precisamente, el sobrino quien les condenara al tormento de una terrible devastación.
 
***

Unos días antes de la celebración de aquel martes de carnaval, unos 1.500 kms. al sureste, en el antiguo balneario zarista de Yalta, se había celebrado una reunión al más alto nivel entre los dirigentes de los países enemigos de Alemania. Roosevelt, Churchill y el anfitrión Stalin habían dibujado toscamente el futuro de Europa jugando con unas cerillas y unas servilletas. Añadiendo porcentajes junto al nombre de un buen número de países europeos, se repartían las esferas de influencia entre unos y otros. Aquellos británicos que habían entrado en la guerra para no ver trastocado el equilibrio europeo observaban, impotentes, cómo se hundía toda una ordenación del mundo por la que habían jurado batirse. Y con ese orden, su imperio. Unos meses más tarde, bajo arresto en Núremberg, Göring resumiría gráficamente la situación escupiendo a los británicos: "Ustedes nos declararon la guerra para que Alemania no conquistase el Este y ahora se encuentran con el Este en el Elba".

Stalin, el verdadero vencedor de aquella cumbre que selló el destino de Europa para varias décadas, se sintió en disposición de renovar sus demandas a los angloamericanos. Estos le entregaban Polonia, cuya libertad nacional había sido esgrimida como la razón para declarar la guerra a Alemania; a cambio, los occidentales nada exigían. Aún más, Stalin había impuesto sus puntos de vista en un sinnúmero de cuestiones mientras Roosevelt accedía, complacido, a las peticiones soviéticas. Churchill se encontraba en franca inferioridad, espantado ante la actitud aquiescente de los norteamericanos y la posibilidad de que medio continente fuera entregado a los comunistas.

Sin embargo, la hora de Gran Bretaña había pasado. Los ingleses se sentían relegados entre los dos grandes, aspirando a obtener la aceptación de sus socios en un pie de igualdad que sabían ya imposible y tratando de prolongar una situación ficticia que enmascarase la creciente postergación a la que le sometían sus aliados. La presencia de los soviéticos en el Oder, mientras los occidentales se encontraban aún lejos de cruzar el Rhin, reforzaba las pretensiones de la URSS. Los soviéticos se podían permitir toda clase de juegos, como asegurar virtuosamente no tener interés alguno en Berlín, cuando en realidad Stalin estaba obsesionado con la captura de la capital germana. Por su parte, los norteamericanos explicitarían posteriormente su renuncia a Berlín, alegando que no constituía un objetivo militar que mereciera el esfuerzo que su conquista supondría. Churchill no daba crédito a lo que oía.

Stalin hacía valer el sacrificio de más de 20 millones de ciudadanos soviéticos en la presente guerra, mientras los norteamericanos secundaban –sin aparente contrariedad– los propósitos de Stalin. El propio presidente Roosevelt había mostrado una franca indignación por la escala de la destrucción observada al sobrevolar las estepas ucranianas sobre las que se había dilucidado la gigantesca partida librada entre la Wehrmacht y el Ejército Rojo. Desdeñando el esfuerzo militar occidental, el dictador comunista presionó para que las fuerzas angloamericanas facilitasen el avance del ejército rojo en el este. Apenas unos meses antes –en el verano de 1944–, los occidentales habían solicitado el permiso soviético para utilizar los aeródromos polacos a fin de abastecer a la insurgencia antinazi de Varsovia. Stalin había dado orden de prohibir el aterrizaje de cualquier aparato aliado en el suelo de la Polonia conquistada por sus tropas. Los polacos demócratas –"los polacos de Londres", como despectiva y significativamente los denominaban los comunistas– debían ser sacrificados con tal de no importunar a Stalin, incluso si eso suponía la renuncia a una ordenación de posguerra que preservase la independencia del país.

Pese a estos antecedentes, los occidentales accedieron a satisfacer a Stalin. En el Frente del Este la aviación nunca se había revelado como un arma decisiva. Las distancias eran demasiado grandes y la escala de las bajas era inmensa en comparación con los estándares de la lucha entre los alemanes y los anglosajones; quienes más cualificados estaban –los alemanes– hacía tiempo que dedicaban el grueso de sus fuerzas aéreas a la defensa del Reich, mientras que los soviéticos apenas habían desarrollado el concepto de bombardeo estratégico, en favor del apoyo a las tropas de tierra, tal y como los alemanes hacían desde las primeras etapas de la guerra.

Así pues, los aliados occidentales debían contribuir al esfuerzo soviético de forma directa; lo que Stalin proponía era que los angloamericanos bombardeasen la retaguardia alemana; pero la del Frente Oriental, no la correspondiente a la suya propia.
 
***

Aquel martes, 13 de febrero de 1945, la predicción meteorológica del ejército británico vaticinaba que la masa de nubes que se desplazaba por el centro del Reich comenzaría a resquebrajarse sobre Turingia, produciendo grandes claros hacia el este, donde se encontraba Dresde. En la ciudad, los refugiados abarrotaban las calles, los centros de asistencia, los barracones que habían habilitado las autoridades con la máxima celeridad posible para acogerlos. Ya sumaban cientos de miles los procedentes de Silesia, acompañados de una auténtica barahúnda de carritos, lloros infantiles y lamentos.

Los recién llegados se maravillaban de la magnificencia y la normalidad de la ciudad, de su estado particularmente ajeno a la guerra. Desde luego, no exageraba el Führer cuando se había referido a la capital sajona como a una "perla" que engarzar en el conjunto de la nación. Sin duda lo era, y los silesianos –que tantas idas y venidas habían experimentado desde que el Reich perdiera la guerra veintisiete años atrás– envidiaban en secreto el pacífico aspecto del que también ellos habían gozado hasta hacía apenas unas semanas, antes de que la catástrofe se precipitara sobre sus vidas.

Los jóvenes destinados a las escasas baterías antiaéreas de la ciudad añoraban, en la monotonía de su desempeño, los tiempos en los que participaban de las celebraciones de carnaval. Las ocasionales bombas que habían caído les ratificaban en la idea de inmunidad; la cercanía del frente y la preservación de Dresde habían propiciado el rumor de que la ciudad iba ser la capital de la administración del país una vez ocupado por el enemigo. De cuando en cuando disparaban al cielo más bien a ciegas, porque la aviación inglesa no se adentraba hasta el corazón de la ciudad. Y ello, resultaba indudable, no podía deberse sino a un deliberado propósito de preservarla de la destrucción.

Los refugios eran muy escasos. Al parecer, tampoco las autoridades sentían la necesidad de construir más. En la vecina Leipzig, por ejemplo, la ratio de refugios era muy superior. Una noche particularmente despejada, unas cuantas semanas atrás, los incendios de Leipzig habían iluminado la oscuridad hacia el oeste. El resplandor de las llamas elevándose al cielo podía apreciarse sin dificultar desde casi cualquier punto de la ciudad, pese a lo cual las baterías de la zona occidental las contemplaban sin especial aprensión. Las fotos de la devastación causada por los bombardeos circulaban profusamente por toda Alemania, pero palidecían frente a la enormidad de los incendios y las explosiones en el momento álgido de los ataques. Los jóvenes de la Luftwaffe que servían en Dresde podían suponerlo, pero nadie que no hubiera vivido un ataque aéreo de la gigantesca magnitud de los que sufrían las ciudades alemanas era verdaderamente capaz de hacerse una idea cabal de lo que aquello representaba.

La tranquilidad reinaba sobre Sajonia en el crepúsculo del 13 de febrero de 1945. Los reclutas de la fuerza aérea se aburrían mortalmente, como cualquier otra noche, exhaustos después de los ejercicios de defensa ensayados por enésima vez. Hacía frío en aquel rincón de Europa, y el viento había barrido las nubes, tachonando el oscuro firmamento de finas estrellas, duras como agujas. Los soldados bostezaban y se desperezaban, alternativamente. Muchos de ellos repetían mentalmente la lección que al día siguiente, aún sin haber ido a dormir, deberían recitar en la escuela. En el III Reich la juventud guiaba a la juventud –había jurado el Führer–, pero los maestros seguían dando cuenta a los padres de los progresos de aquellos chavales, de quienes dependía la seguridad de la patria.
 
***

Otros jóvenes, apenas unos años mayores, cruzaban a toda prisa las pistas de los aeródromos en Norfolk. Altos, espigados, brincaban a las carlingas, comprobaban las municiones de la posición artillera de cola (...) y la carga explosiva que preñaba el vientre del aparato. Encendían los motores, a la espera de que calentasen lo suficiente mientras se aseguraban de que cada cosa estuviera en su sitio, los aparatos de navegación crecientemente sofisticados que les indicaban la posición sobre el objetivo, las guías de ruta, todo.

La misión no parecía fácil, ya que Dresde se hallaba casi en el límite de la máxima penetración de la RAF. El viaje de ida y vuelta sumaba 2.800 kms., por lo que sólo podrían permanecer sobre el objetivo unos veinte minutos. Se anunciaba una noche despejada, lo que facultaba la navegación pero también la temible caza alemana y la acción de los antiaéreos. Los Lancaster debían pasar diez horas en vuelo, buena parte de las cuales sobre territorio enemigo. Aunque la incursión terminaría siendo poco más que un ejercicio de tiro al blanco, sobre el papel parecía cualquier cosa menos sencilla. Muchas jóvenes tripulaciones maldecían su suerte, al no comprender por qué razón debían volar tan lejos para aniquilar un objetivo que carecía de importancia. Ignoraban que Churchill había jurado vengarse por el lanzamiento de las V1 y V2 alemanas sobre Gran Bretaña. Y que ellos eran los llamados a ejecutar tal venganza.

(...)

En Inglaterra, los jóvenes pilotos escuchaban las órdenes que se les impartían en las salas donde se concentraban antes de subir a los aparatos. Les hablaron de las líneas telefónicas que se controlaban en Dresde, del tendido ferroviario que convergía en la ciudad, de la colaboración con las tropas de Koniev que se acercaban a Sajonia para quebrar el frente en su punto más sensible. Al final de la charla, las órdenes dejaban caer que uno de los objetivos de la operación –subsidiariamente, eso sí– era "que los soviéticos sepan, cuando lleguen allí, lo que es capaz de hacer el Mando de Bombardeo". Los pilotos, acostumbrados a escuchar todo tipo de razones militares y políticas, nada preguntaron. Se trataba de una misión más, eso era todo.


NOTA: Este texto está tomado del capítulo 2 de EUROPA BAJO LOS ESCOMBROS, de FERNANDO PAZ, que acaba de publicar la editorial Áltera

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« Respuesta #3 : Lunes 03 de Noviembre de 2008, 06:43 »

lunes 3 de noviembre de 2008
El siglo del exterminio 
   César Vidal

 Para millones de personas, la referencia a los campos de concentración en los que la vida humana carecía de valor y los encarcelados se extinguían irremisiblemente en medio de un infierno de trabajos forzados, malos tratos e incluso medidas encaminadas directamente a ocasionar la muerte remite de manera ineludible a la Alemania nazi. Sin embargo, a pesar del terrible y sobrecogedor drama que significó el nazismo y el Holocausto, lo cierto es que no fueron Hitler y sus seguidores los únicos que se valieron de los campos como sistema de represión o que llegaron a utilizarlos como método directo de exterminio.

El comunismo, bendecido por el papanatismo, el silencio y la maldad de millares de comentaristas e historiadores, también contó con su red de campos de concentración que creció en paralelo a otros destinados meramente al exterminio. Bikin, Vinitza, Katyn o Zhabarovsk deberían despertar en nuestras conciencias la misma repulsión que Treblinka, Chelmno o incluso Auchswitz. Si no es así se debe a la acción combinada de la ignorancia y de la defensa (¡a estas alturas!) de un sistema que ocasionó más de cien millones de muertos y es que, lamentablemente, Lenin y la URSS sólo fueron el inicio de un sistema represivo de campos que inspiró posteriormente a chinos y polacos, húngaros y yugoslavos, norcoreanos y vietnamitas, cubanos y camboyanos. Sin embargo, no sólo los totalitarismos se aprovecharon de este universo concentracionario.

Monarquías liberales como la británica y la española ya dieron pasos en esa dirección durante las guerras de los boers y de Cuba respectivamente. Ni una ni otra perseguían exterminar a sus oponentes sino tan sólo quebrar su capacidad de resistencia. El resultado fue empero desastroso, como también sucedió en relación con los japoneses internados en Estados Unidos después de Pearl Harbor. La presente obra constituye una guía muy detallada sobre ese siglo de los campos –triste sobrenombre para un período de cien años– en el que los culpables principales fueron los regímenes totalitarios (primero el comunista, luego en repugnante imitación el nazi) pero en el que las democracias no siempre supieron resistir a la tentación de contribuir con sus círculos particulares a la creación de un infierno sin precedentes históricos.


J. Kotek y P. Rigoulot, Los campos de la muerte. Cien años de deportación y exterminio, Barcelona, Salvat, 845 páginas.
 
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« Respuesta #3 : Lunes 03 de Noviembre de 2008, 06:43 »

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« Respuesta #4 : Lunes 03 de Noviembre de 2008, 06:54 »

El Caso Arriola     
 
 
 
 1. Quince preguntas sin respuesta 
   Federico Jiménez Losantos


1. ¿Por qué, tras comprobar que su despacho había sido asaltado, el asesor presidencial Pedro Arriola no presentó inmediatamente ante la policía la correspondiente denuncia?

2. ¿Por qué todavía hoy no sabemos quién la presentó y qué día y qué se denunció?

3. ¿Por qué el Ministro del Interior, Angel Acebes, restó importancia al robo sin haber atrapado a los culpables ni saber el uso que habían hecho de la información robada?

4. ¿Por qué se pidió (con éxito) a tres periodistas que no contaran la noticia del robo, y por qué se trató de impedir posteriormente (sin éxito) que la publicara El Mundo?

5. ¿Por qué, unos días antes de saltar el escándalo, ABC denunció editorialmente el espionaje a que se estaba sometiendo a algunos aspirantes a la sucesión de Aznar y se pidió –no quedaba claro a quién– que se dedicara a sus asuntos de despacho?

6. ¿Por qué Rato denunció a algunos medios de comunicación, pero no a la policía, que se le quería implicar en un lío de faldas con una joven... que resultó ser su hija? ¿Quién le quería implicar, cómo lo habían fotografiado, quién se lo contó a él?

7. ¿Por qué se dijo que los ladrones podían buscar datos sobre las conversaciones del Gobierno y ETA (que los etarras tienen y han publicado), sobre las relaciones del Gobierno y Telefónica en tiempos de Villalonga (que tiene Villalonga) o sobre una “macroencuesta” sobre la popularidad de los sucesores de Aznar (de las que se publican todas las semanas en todos los medios), cuando lo único que podía tener interés para los ladrones era el informe reservado sobre los candidatos que acompañaba a la encuesta?

8. ¿Quién investigó y con qué fondos a tres o siete candidatos a la sucesión de Aznar para elaborar ese informe de Arriola reservado al presidente del PP y del Gobierno?

9. ¿Participó el CESID o participaron agentes suyos en la elaboración de datos para ese informe confidencial de Arriola al Presidente? ¿Lo sabía Dezcallar? ¿Lo hizo saber?

10. ¿Se espió a los posibles sucesores de Aznar con mandamiento judicial o con la excusa de protegerlos? ¿Se avisó a los interesados “para que no se preocuparan”?

12. ¿Se utilizó, para elaborar estos informes, alguna agencia de investigación privada, como la Krol para el “Informe Crillon” sobre Mario Conde? ¿Española o extranjera?

13. ¿Estaba al tanto el CESID de que Arriola guardaba información confidencial en su despacho? ¿Tenía alguna clase de vigilancia? ¿Pudo filtrarse este hecho a Marruecos?

14. ¿Por qué desde Moncloa y desde Génova han filtrado intoxicaciones como que sólo se había robado una colección de plumas o que había sospechas sobre Celia Villalobos?

15. ¿Cuál es el papel de Fernando Vilches en la empresa de Arriola, en la denuncia y en la investigación de los candidatos a la sucesión? ¿Qué relación conserva con Aznar?

 
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« Respuesta #5 : Lunes 03 de Noviembre de 2008, 07:22 »

CRÓNICA NEGRA
Criminales que se benefician de sus crímenes
Por Francisco Pérez Abellán
 Estamos desorientados en lo relacionado con el mundo de la delincuencia. Los más agudos se han quedado en los tiempos de Maricastaña, cuando Concepción Arenal se vestía de hombre para ir a la universidad. No nos pasa lo mismo a los que hemos leído los cuentos policíacos de la Pardo Bazán y adorado la triste ternura de Rosalía de Castro.

Hemos visto a los criminales pasar de dar muerte a los que estorban a hacerlo por mero placer, hemos pasado de los años del franquismo al galismo gallináceo de los GAL. Los grandes hombres empezaron a robar, como Luis Roldán, director general de la Guardia Civil, y a cometer otros delitos, como el doctor honoris causa Mario Conde. A los delincuentes de cuello blanco no se les aplicó la misma justicia que a los españoles de a pie: aunque no devolvieron el beneficio, fueron pronto excarcelados.
 
Se dice que un presunto espía sabe presuntamente dónde está el botín del director de la Guardia Civil. Se llama Paesa y lo localizaron los periodistas en París, pero la maquinaria judicial no se ha engrasado para capturarle. Nadie ideó un aparataje similar al que capturó al abogado Rodríguez Menéndez en Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver.
 
Las calles están trufadas de chicos en teórica reinserción, es decir, adscritos por la burocracia reinante al proyecto de mejoría silenciosa. El Asesino de la Catana trabaja en Asturias por obra y gracia de una asociación evangélica. El Asesino de Orihuela, que cumple los dieciocho años, después de haber estrangulado a los catorce a la princesita asiática de su colegio, sale reinsertado como si tal cosa. Los criminales de Sandra Palo se preparan para un juicio por desacato mientras el más pequeño deambula por ahí sin siquiera una pulsera de situación.
 
Los centros de menores, donde no hay necesidad de mayor control, son una máquina de reinserciones como la cárcel apagada, quieta y velada a los periodistas, con sus misterios y tráficos. Pasas unos años tras las rejas y sales como nuevo, reformado, amable y con estudios.
 
Lo último es la magnificación de un asesino, el Solitario: se presta gran atención a las palabras de su madre conmovida y se leen las cartas que compuso en su celda portuguesa, unas misivas pretendidamente poéticas que revelan un descarnado antisocial que trata de presentarse como libertador. Un hombre solo contra la banca. Habría colado de no ser porque le condenaron por el  asesinato de dos guardias civiles, dos agentes de tráfico que le dieron el alto porque velaban por la seguridad en las carreteras. Ni siquiera pensaban estar ante el buitre humano que disparaba a los empleados de los bancos que atracaba si no le daban suficiente dinero.
 
Incluso hay periodistas que se presentan como amigos de los asesinos y son encumbrados por el circo mediático. Se hacen especialistas en arrebatar confidencias a asesinos comunes o a criminales terroristas. Todos ellos encuentran consuelo y comprensión. Con estos Tucídides verborreicos y de vía estrecha se embellecen los actos horrorosos, se rebaja la culpa satánica, se endulza el afán de venganza. Los criminales tienen voz en prime time y la sociedad, perpleja, intenta comprender por qué se habla de grandes psicópatas con las manos manchadas de sangre como si fueran personajes del mundo del corazón. El Solitario se las da de rockero heavy-metal y no renuncia del todo a la chulería que exhibía en sus asaltos. Le pillaron con la barba, el arma del crimen, el chaleco y todo lo demás cuando se disponía a entrar en un banco, pero todavía hay quien duda: ¿pretendía atracar o estaba dando un paseo? ¿Era día de atraco o la fiesta de Halloween? La furgoneta en la que dormía cuando salía a cosechar euros llevaba placas falsas, ¿para despistar o por capricho?
 
Hace tiempo que la crónica rosa se tiñe de negro, como cuando se filtraron las fotos policiales de la Pantoja, o los negocios turbios de Julián Muñoz, por cierto la entrevista mejor pagada de la televisión. En otros países las leyes impiden que los criminales se beneficien de sus crímenes. En España los grandes ladrones no devuelven nada, e incluso a veces cobran por contarnos sus noches frías, en las que toda incomodidad tiene su asiento. Los platós son el patio de Monipodio, al que los partidos envían a sus servidores y la cárcel a sus reinsertados. Se practica el matonismo, la complacencia, el morbo más descarado por parte del que más tiene que ocultar. En plena salsa de corazón, se piden años de cárcel por estafa y en un teléfono móvil suena el taconeo de Farruquito, otro reinsertado después de atropellar hasta la muerte a un peatón mientras circulaba sin carné. "¡Ay, qué buen recluso fue Farruco entre tacones y palmas!".
 
Todo empezó en América, con el Bandido de la Luz Roja, que escribía libros desde su celda para que le produjeran enormes beneficios económicos. ¿Era Caryl Chessman el verdadero bandido? Brigitte Bardot ponía morritos, como cuando defiende a los animales contra los peleteros, y Sartre, lleno de náusea, abanderaba a la intelectualidad pasada de victimología para escudarse en el rechazo de la pena de muerte. En Europa hicieron campaña para que Chessman no cumpliera la máxima pena. Mientras, él rompía las listas de best sellers con sus novelas de desheredado que se ve obligado a delinquir. La primera llevaba por título el número de su celda, las siguientes hablaban de que el chico era un asesino y de que la ley lo quería muerto. La miseria le había empujado a vigilar a los novios cuando se amaban dentro de un coche, a sacarlos a rastras, a violar a las chicas. Todo fue fruto de un pasado de carencias, hay que comprenderlo.

El Solitario tenía una colección de armas letales. Planeaba sus asaltos con una perfección muy profesional. Ahora ha encandilado periodistas, a los que trata de convencer de que, a pesar de todo, encarna a un bandido romántico. Como el Vivillo o Candelas. Ni él ni el desalmado de la luz roja tienen nada de sentimentales. Tras el Solitario hay currantes heridos de bala, servidores de la ley asesinados; bajo la luz roja del hombre de la linterna, mujeres que quedaron rotas, vivas pero muertas. Traumatizadas e inservibles para una existencia normal. Chessman bajó por ello a la cámara de gas; el Solitario, en cambio, sube al cielo de la popularidad. Los periodistas no son inocentes.



FRANCISCO PÉREZ ABELLÁN, presentador del programa de LIBERTAD DIGITAL TV CASO ABIERTO.

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