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Autor Tema: La Palma de Oro va a parar a "LA VIE D´ADÈLE"  (Leído 1024 veces)
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« : Lunes 27 de Mayo de 2013, 09:08 »

La Palma de Oro adquiere el tacto de la piel




Luis Martínez (Enviado especial) | Cannes-elmundo.es
Actualizado domingo 26/05/2013 19:31 horas

"Por el 'cunnilingus', no paso", dijo Léa Seydoux cuando Abdellatif Kechiche le propuso más que desnudarse, arrancarse la piel y entregarla en ofrenda a la cámara, que, en efecto, es lo que hace en compañía de Adèle Exarchopoulos en 'La vie d'Adèle'. Lo dijo, así lo reconoce en cada entrevista y claro, uno no puede por menos que imaginarse una conversación parecida entre, pongamos por caso, E.T. y su director. No me lo tengan en cuenta, es el cansancio acumulado.

A Spielberg, presidente del jurado, se le conoce de hecho una sola escena de sexo en toda su vida. Hablamos del cine, el resto es asunto suyo. Ocurrió en 'Munich'. Algunos, los que no han podido todavía olvidarlo, se acuerdan. La pregunta era sencilla: ¿Sería capaz el padre del extraterrestre de premiar 'La vie d'Adèle'?

Y lo fue. Es más, en un gesto tan brillante como apropiado, hizo que la Palma de Oro fuera a parar a los tres: al director Abdellatif Kechiche y a las dos actrices que comparten no sólo el protagonismo sino, ya se ha dicho, la misma piel de la película. Porque la tiene. Y quema. De puro sexo.

La belleza de desaparecer

De esta forma, no sólo se premió una cinta, la evidentemente más arrebatadora que pasó por Cannes, sino que se reconocieron cosas como el riesgo, la emoción, el vértigo, el escalofrío, la furia, la fiebre... El entusiasmo, tal vez. Todo eso es 'La vie d'Adèle'. Si no se quiere insistir por aquello de no taponar los oídos, se puede resumir en, sencillamente, un milagro.

La cámara de Kechiche, de hecho, se cuela entre los cuerpos de Adèle y Léa con la intención de confundirse con ellos; mezclarse con el ruido de sus muslos, y, dado el caso, desaparecer en la tormenta. Y así hasta convertir la propia pantalla en casi un ser vivo que respira, vibra e hiere. Eso o un campo de batalla, que viene a ser lo mismo.

Porque la idea, brillante e irrenunciable, no es otra que anular la sensación de ventana con la que indefectible se tropieza un espectador dentro del cine. Y la forma de hacerlo es sin ocultar nada, enseñándolo absolutamente todo; cuestionando los propios límites de la mirada. Y por ello, la cinta se antoja tan revolucionaria y clarividente.

En su obsesión por desnudarlo todo, se quiebra cualquier certeza que configura el espacio cálido, confortable y seguro en el que siempre se instala el que mira. De repente, se deshacen fronteras, se sobrepasan límites tan artificiales como el pudor o el engaño. Todo a la vista, todo de verdad.

Imaginamos que desde la misma manera que 'El último tango en París' desplazó la mantequilla de la nevera a la mesilla de noche, confundiendo cocina y dormitorio; esta película está destinada a destrozar directamente otros tabiques de la casa. Y no sólo los físicos.

La película cuenta la historia de una pareja. Y la pareja lógicamente se ama. Y cuando lo hace, el objetivo de la cámara se precipita hacia al vacío detrás de esa pulsión primaria y ligeramente cruel; ésa que nos hace sentir vivos. Hablamos de sexo, de la herida del sexo que se entrega a la mirada en estado puro. Exactamente igual que el amor, el desangaño, la pérdida, la desesperación y la mentira. Pues todo ello es también el sexo. Tan libre de adjetivos y máscaras que pocas veces se ve con tanta precisión eso llamado amor. Amor puro, pleno y perfectamente húmedo. Alguno hubo que explotó. Spielberg, por favor, di algo.



 
De olvidos y riesgos

El resto del palmarés se ajustó con bastante precisión a la justicia de la Palma de Oro. El Gran Premio del Jurado, el segundo premio en importancia, fue para 'Inside Llewyn Davis', el último trabajo de los Coen que, desde ya, se postula a entrar en la estantería de los clásicos.

Se trata de reconstruir no tanto la historia de un perdedor con talento (grandísimo Oscar Isaac), sino el escenario, el ambiente, el paisaje en el que se desenvuelve la odisea de un hombre incapaz de entender que cualquier esfuerzo conduce necesariamente a la derrota. Y es ahí, en la temperatura emocional, en la música de la película, donde se reconoce con facilidad lo evidente: cualquier historia digna de ser contada es necesariamente una historia sobre cualquiera de nosotros. Profunda, perfecta.

Más discutible fue el galardón al mejor director. Pero, precisamente, por ello, por lo afilado del riesgo, hasta se agradece. Spielberg va camino de convertirse en el mejor. Eso o a lo mejor ya lo era antes de hacer jurado en Cannes. Mucho antes incluso. El caso es que premiar la voracidad con que el mexicano Amat Escalante refleja la violencia en la película 'Heli' es, cuanto menos, violento. Bien hecho.

Que el otro premio del jurado (el pequeño) fuera para Kore-eda por 'Like father, like son' o que el diploma por el guión cayera en manos de Jia Zhangke por 'A touch of sin' entraron dentro del capítulo, quizá, de lo correcto. Más el segundo que el primero (la más cursi y superficial de las obras de su autor).

Como tiernas, amables y algo desproporcionadas quizá fueron las menciones tanto al gran Bruce Dern, protagonista de 'Nebraska', como para Bérénice Bejo por su correcta labor en 'Le passé', de Asghar Farhadi. Los trabajos de Michael Douglas en 'Behind the candelabra' o de Emmanuelle Seigner en 'Venus in fur', de repente, se extraviaron. Eso por no citar, de nuevo, que ningún esfuerzo interpretativo visto alcanza el tamaño de, otra vez, Léa Seydoux y Adèle.

Incomprensible en cualquier caso fue el olvido, por activa y pasiva, de 'La grande Bellezza', de Paolo Sorrentino, una de las cintas más amargas (por melancólicas), exuberantes y excesivas que se han podido contemplar y que nos recuerdan que su director tiempo atrás completó esa obra maestra que es Il divo.

Sea como sea, queda una edición que ha brillado a una gran altura. A un lado la extraña programación de Takashi Miike en la sección oficial, todas las películas han servido para demostrar que la decisión de poblar la sección oficial con una mayoría de producciones o estadounidenses o francesas, no era equivocada.

Para el final, en cualquier caso, queda el recuerdo de una película que en sus casi tres horas de duración extiende, explica y rescata el sabor y el tacto de la piel. La piel dulce. De lo que pasó en 'Munich', mejor nos olvidamos.
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